Aventuras en el Servicio

Una vez al mes – a veces más a menudo – recibo una llamada de la entrada de la Casa de Madre, notificándome que hay alguien que desea hablar conmigo. Normalmente, es un amigo, colaborador, o pariente de alguna Hija de Caridad de los Estados Unidos que, durante su viaje a París, vienen a visitar la Capilla. Si tengo mucha suerte, puede ser alguien que conozco personalmente, como un antiguo estudiante o colaborador que han venido a París con un grupo (ver las fotografías) y viene a verme. Cuándo vienen estos visitantes, de vez en cuando, me preguntan qué tipo de preparación tengo para estar en secretaria. Mi respuesta es algo así como, “soy Hija de la Caridad y estoy disponible para ser enviada dondequiera que me necesiten”.

Después de hacerme varias veces esta pregunta, empecé yo a preguntarme que me ha ayudado a prepararme para mi servicio aquí. Yo soy “como el tinte en la lana”. Pueden sacarme de la escuela, pero ¡no pueden sacar la escuela de mí, soy educadora innata! He comprendido que las dos últimas escuelas en que estuve como Directora, antes de venir a París, han tenido una gran importancia en mi formación para este servicio. En los pasillos de la Casa Madre no hay ningún niño sonriente que quiera enseñarme los dibujos que ha hecho. Ni estudiante de octavo al que llamar, si se necesita mover el mobiliario. ¡Ha sido una transición en muchos sentidos!

La primera de las dos escuelas fue la de la Resurrección de Nuestro Señor en San Luis, Missouri. Era una pequeña escuela con sólo 106 alumnos. Sin embargo, los estudiantes ¡representaban a 10 nacionalidades! Además de americanos, procedían de Viet Nam, Bosnia, Croacia, Méjico, Cuba, Filipinas, Polonia, Etiopía y Congo y había un maestro americano Nativo. Eran católicos, protestantes, musulmanes, budistas y uno sin religión alguna. A veces, llegaban a la escuela a los pocos días de llegar a Estados Unidos; por consiguiente, no hablaban inglés. Trabajar unidos, para conocer y respetar la variedad de culturas y procedencias, fue una gran aventura. La comunicación se convirtió en una obra de arte ya que los documentos y diálogos con los padres tenían que ser traducidos a varios idiomas. Los maestros trabajaban incansablemente para ayudar a los estudiantes a aprender las materias básicas, así como inglés. Los padres americanos los acogían y trabajaban, codo con codo, con los padres inmigrantes para que se sintieran parte de la familia de la escuela de la Resurrección. Pero, después de estar allí 5 años, la escuela, como parte de un proceso de restructuración en la Archidiócesis de San Luis, se cerró. Dejar esta pequeña y maravillosa “Naciones Unidas” fue difícil y sólo la calurosa acogida de la Escuela de San Agustín de Canterbury en Belleville, Illinois – al otro lado del Río Misisipi, San Luis – me ayudó a mitigar el dolor que lleva consigo el cierre de una escuela.

San Agustín, formaba también una gran familia que trabajaba unida para conseguir lo mejor de cada uno. En el momento en que atravesé la puerta supe que estaría allí como no había estado antes en ningún sitio. Yo era consciente de que era el primer miembro de la Familia Vicenciana que trabajaba en la escuela y en la parroquia, pero tenía muy claro que el Espíritu Vicenciano ya estaba allí presente. Todos – padres, estudiantes, feligreses que no tenían niños en la escuela – trabajaban en equipo para que los estudiantes y maestros tuvieran lo que necesitaban. Cuando había una tarea que realizar, o algún problema que resolver, siempre había un grupo dispuesto a echar una mano, o a compartir recursos e ideas. Podía tratarse de acoger a niños discapacitados de Belice, que se alojaban con una familia durante 1, 2, 10, o 24 meses, mientras recibían tratamiento médico en un hospital local, o instalar aire acondicionado para que las aulas fueran más acogedoras en las cálidas y húmedas temperaturas del otoño y fin de la primavera. Nunca había una queja; simplemente la pregunta – “Hermana, ¿qué puedo hacer para ayudar?” Era como si vivieran el discernimiento Vicenciano preguntándose, ¿qué hay que hacer? ¿Qué puedo hacer para que mejore la situación? Trabajar con y para las personas de esta parroquia, dónde me sentí muy en casa, fue una experiencia increíble.

Estas dos escuelas fueron esenciales en la preparación para mi vida en la Casa Madre, dónde somos verdaderamente internacionales, con 150 Hermanas de 30 países. Mi servicio es menos concreto que el de una escuela, pero es lo que hay que hacer en este momento. Yo sé que un día, probablemente, volveré al campo de la educación pero, hasta entonces, estoy feliz de formar parte de la aventura de vivir y servir con Hermanas de todo el mundo, porque soy Hija de la Caridad y estoy disponible a ser enviada adonde me necesiten.

Sr. Bernadette Miller, H.C. – Casa Madre – París