La fe de San Vicente

El 11 de octubre de 2012 comenzará el Año de la Fe. Como podemos ver en las Recomendaciones Pastorales para el Año de Fe, dadas por la Congregación para la Doctrina de la Fe, “los Santos y Beatos son el auténtico testimonio de fe”. Para las Hijas de Caridad, junto con toda la Familia Vicenciana, éstos son – en primer lugar – nuestros Santos Fundadores. En el mes de septiembre vamos a reflexionar en esta virtud resplandeciente en la vida de San Vicente. Que los pensamientos del P. Jean Morin C.M. (Eco de noviembre-diciembre de 2008), propuesto como cuatro capítulos cortos sucesivos, nos ayuden en nuestra meditación:

1. En primer lugar CRISTO

La fe de Vicente de Paúl en Jesucristo, fue definitivamente marcada por los acontecimientos de 1617. El Cristo que se reveló en Gannes-Folleville y luego en Châtillon, fue como, no cesaba de decirlo, Cristo enviado por Dios para evangelizar y servir a los pobres: “Así pues, señores y hermanos míos, nuestro lote son los pobres, los pobres: Pauperibus evangelizare misit me -Me ha enviado a evangelizar a los pobres-. ¡Qué dicha, señores, qué dicha! ¡Hacer aquello por lo que nuestro Señor vino del cielo a la tierra, y mediante lo cual nosotros iremos de la tierra al cielo! ¡Continuar la obra de Dios, que huía de las ciudades y se iba al campo en busca de los pobres! En eso es en lo que nos ocupan nuestras reglas: ayudar a los pobres, nuestros amos y señores”. (Coste XI-3, 324).

La Escuela Francesa de espiritualidad tuvo, pues, el gran mérito de centrar de nuevo la fe en el misterio del Hijo de Dios. Vicente de Paúl sobre este punto capital, fue un alumno muy concienzudo de la Escuelafrancesa. “Acuérdese, Señor”, escribía a uno de sus cohermanos, “Acuérdese, señor, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo”. (Coste I, 320).

De este modo, Vicente de Paúl, puso todas las riquezas indiscutibles de Bérulle y de los grandes maestros espirituales en relación con los pobres, con el pequeño pueblo de Dios. Quien estaba en el centro de su fe, era JESUCRISTO enviado para evangelizar a los pobres. Encontramos ahí el rasgo fundamental de la fe de san Vicente: una adhesión a Jesucristo… a Jesucristo enviado a los pobres. Tendremos una ilustración de ello al detenernos en el segundo trazo que caracteriza esta fe.

2. EL EVANGELIO

Para Vicente de Paúl el Evangelio era el libro por excelencia de la fe, el libro que le permitió encontrar directamente y sobre todo de modo muy sencillo, el pensamiento y la voluntad de Jesucristo. Cuando entraba en el Evangelio, lo hacía siempre por dos puertas: Lucas 4, 18 y Mateo 25, 31.

Lucas 4, 18 es un texto que he citado a menudo. Es el pasaje del Evangelio en el que en el comienzo de su vida pública, JESUS se aplica a él mismo las palabras del profeta Isaías: “El Señor me ha enviado a anunciar el Evangelio a los Pobres”. Para Vicente de Paúl, este texto era la explicación base de todo el Evangelio. Y cuando leemos los textos vicencianos, se tiene la impresión de que cada vez que Vicente aborda el Evangelio, considera que eso que está dicho y escrito viene de Jesucristo, el Enviado a los Pobres. Esto supone que su lectura del Evangelio es esa, ni de los exegetas, ni de los teólogos, ni de Bérulle.

La segunda clave de lectura, Mateo 25, 31, no hace más que acentuar este aspecto de la fe de San Vicente. Es la evocación del Juicio final realizado por Cristo: tuve hambre y me disteis de comer; estaba enfermo o en la cárcel y me visitasteis; extranjero y me acogisteis.

Hoy en día, los especialistas en dietética suelen decir: Dime lo que comes y te diré quien eres. Y es cierto que conociendo la constante con la que el Señor Vicente leía y meditaba cada día el Evangelio para alimentarse hasta saciarse, podemos sin dificultad hacernos una idea de lo que fue.

3. LA IGLESIA

De la Iglesia, Vicente había tenido en primer lugar, durante catorce años en Pouy, una idea tradicional y sin duda un poco lejana. Luego, en 1595, es cierto que la concibió como una realidad sobrenatural pero sobre todo como un organismo jerárquico. En Clichy, Vicente comenzó a tener la experiencia de una realidad más profunda: la realidad del pueblo de Dios.

Me contentaré con citarles un pasaje que traduce bien, creo yo, a través de las palabras de BOSSUET, el pensamiento profundo de san Vicente y la idea que él se hizo de la Iglesia: “la Iglesiade Jesucristo es verdaderamente la ciudad de los pobres. Los ricos, no temo decirlo, no están admitidos en ella, en calidad de ricos sino por tolerancia. Venid pues los ricos, la puerta de la Iglesiaos está abierta, pero se os abre a favor de los pobres y con la condición de servirles. Es por amor a sus hijos por lo que Dios permite la entrada a los extranjeros…Los ricos son extranjeros, pero el servicio de los pobres los naturaliza…Ricos del siglo, tomad todos los soberbios títulos que queráis, los podréis llevar en el mundo, pero en la Iglesiade Jesucristo, sois solamente los servidores de los pobres…”

La fe de San Vicente fue la fe de una Iglesia, Ciudad de los pobres y Sierva de los pobres, como lo recordó el Vaticano II. Las Conferencias de los martes, los seminarios y la acción del Señor Vicente durante diez años en el seno del Consejo de Conciencia, tuvieron sobre todo por objetivo el nombramiento de los obispos, formar a sacerdotes y laicos capaces de revelar cada vez más a la Iglesia como la ciudad de los Pobres.

4. EL ACONTECIMIENTO

Es el último trazo característico de la fe de Vicente respecto al que hemos de volver a su experiencia y a su itinerario. Su temperamento como sus raíces campesinas y gasconas, lo llevaban a convertirse en un hombre concreto e incluso pragmático. Pero principalmente fueron sus experiencias espirituales las que lo llevaron a considerar el acontecimiento como portador de mensaje y como presencia de Jesucristo.

Este fue especialmente el caso de Gannes-Folleville y Châtillon. En estas dos circunstancias, él mismo afirmó que tuvo la certeza de haber encontrado a Dios. Tuvo ocasión de decir muchas veces: “No era yo…fue Dios”. De este modo todos los acontecimientos, sobre todo los que tenían relación con los pobres, eran para Vicente mensajes y signos de fe.

Ahora bien, esta oración nos aparece como un diálogo intimo, en una plaza pública llena de gente. Diálogo con Jesucristo, constantemente presente, pero en un lugar invadido por la Misiónde Polonia o la peste de Gênes o los dramas de Madagascar o los pobres del mundo. El Señor Vicente, con Cristo y la Comunidadevocaba los acontecimientos, buscaba su sentido y la lección providencial que llevaban en sí, con miras a vivirlos mejor.

Después del Vaticano II, se habló mucho de los signos de los tiempos. Sin haber empleado estos términos, Vicente de Paúl fue un maestro de lectura en la materia.

En definitiva, la mejor definición de la fe de San Vicente parece habernos sido dada por el famoso « Dejar a Dios por Dios », el movimiento perpetuo entre Jesucristo y el pobre. Seguramente es la experiencia de fe fundamental que nos propone san Vicente.