Con los ojos de la Fe, Vicente y Luisa encontraron en los Pobres el sacramento de Dios

A partir de este mes les ofreceremos varios testimonios de la profesión pública de la Fe de las comunidades de nuestras Hermanas de todo el mundo, con un espíritu Vicenciano, como el Papa Benedict XVI pide en su Carta Apostólica “Porta Fidei.”

Urgidas por la Fe de nuestros Fundadores, las Hijas de Caridad llegaron a la ciudad de Nueva Friburgo, Brasil en 1933. El bienhechor que las acogió les dijo que no les importara su modesto alojamiento: “ésta es simplemente una semilla, pero con la gracia de Dios, se volverá un “fértil árbol de cuantiosos frutos”.

Respondiente a la llamada de Dios, las Hermanas empezaron a cuidar a los ancianos y algunos años después a personas con alguna incapacidad. Las Hermanas mantuvieron la casa, superando las barreras de idioma, cultura, dinero y todo lo demás que se pueda imaginar compartiendo dolores y alegrías, obstáculos y logros, fracasos y victorias. La presencia de las Hermanas que vivieron aquí dejaron rastros luminosos, huellas de Hijas de la Caridad, totalmente entregadas a Dios para el servicio de los Pobres. Al celebrar el Año de la Fe, es posible mirar a los 80 años de servicio transcurrido en la Casa de San Vicente de Paúl para los Pobres y apreciar una Fe “concreta” vivida por nuestras Hermanas.

“El corazón de Dios late en esta casa”, dijo el obispo de nuestra diócesis cuando vio la fragilidad humana de las personas a las que acogemos: los impedimentos que a menudo perturban nuestros corazones, el abandono y la soledad que se encierra tras las paredes de una sociedad indiferente. Podemos llegar sólo a una conclusión: este servicio es para las Hijas de la Caridad porque es necesario estar arraigadas en una Fe firme.

“Volved la medalla y veréis a Cristo”. Con esta mirada de Fe intentamos transfigurar la realidad, proporcionándoles los cuidados básicos, una vida digna y una esperanza a las personas mayores e impedidas. Urgidas por el amor de Jesús Crucificado vivimos esta experiencia de fe en la Providencia Divina. “Mirad como crecen las flores. Ellas no trabajan ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón en todo su esplendor se vistió como una de ellas” (Mt 6: 28-29).

Dios proporciona todo a sus seres queridos. Cuando vemos que algo falta, de repente alguien se presenta para donar lo que se necesita. Como solía decir una Hermana “¡la Providencia de Dios en esta casa es escandalosa!” La fidelidad al espíritu de la Compañía atrae a los bienhechores, voluntarios y colaboradoras que se comprometen a este trabajo de Amor. Nosotras sentimos que la mano de Dios lleva a todos a vivir la Fe expresada a través del amor afectivo y efectivo a Dios en el servicio de los Pobres.

No podríamos hablar de la experiencia de Fe vivida en la Casa de los Pobres sin mencionar el “milagro del agua”. En un tiempo de sequía, las Hermanas rezaron con las personas mayores e impedidas para pedir la ayuda de Dios. Después de unos días, llamaron a Sor María Augusta de Souza porque un ternero se había caído en un pozo. Cuando la Hermana cogió a ternero, notó que había bastante agua. Uno de los empleados bajó al pozo cabo y el agua brotó alcanzando 1 metro de altura. Desde entonces hasta hoy, toda el agua utilizada en la casa proviene de esta fuente.

“Así también la fe, si no tiene obras, está muerta” (Jm2:17).

Algunos testimonios de las Hermanas:

Sor Angela Cavalcante, 92 años:

Yo estoy muy contenta porque, a través de la Fe, veo en cada persona impedida la presencia viva y amorosa de Jesucristo. Ellos son felices; van de excursión y se divierten. Tenemos muchos bienhechores, que por su Fe en Jesucristo, son muy generosos.

Antonia Casas Gomes, residente de 83 años

Viendo el trabajo que se hace aquí, veo que mi fe es mínima. No necesitamos un libro que nos relate la historia de Dios, o hable de su presencia en el ser humano, nos basta mirar a cada persona que vive aquí y vemos realmente la presencia de Dios.

Mateus Kraemer, Psicólogo

Siento que Dios me ha colmado de bendeciones al haberme ofrecido la oportunidad de trabajar aquí. Al principio cuando entré pensé que se me ofrecía una gran oportunidad profesional, pero hoy lo veo como una gran oportunidad para mi vida, una verdadera lección y una fuente inexplicable de energía y renovación de mi vida personal.

Ésta es nuestra Fe y damos testimonio aquí de la Casa de los Pobres: Cristo transfigurado en cada rostro. “Muéstrame tu fe sin obras y yo con mis obras te mostraré mi fe” (Jer 2:18).

Sor Adriana Aparecida Santos, HC