Madre Guillemin – una carta dedicada a la vida de fe

En 1967, el papa Pablo VI  declaró une Año de la Fe, como el que acabamos de vivir hoy. Con este motivo, nuestra Madre Guillemin, Superiora General, dirigió una carta a toda la Compañía el 1 de enero de 1968, dedicada a la vida de fe. He aquí algunos   extractos de esta « meditación »:

La fe constituye el fundamento mismo de toda vida espiritual y, con mayor razón, de toda vida religiosa; de ella nacen nuestras relaciones con Dios y ella es la fuente de la caridad a la que tendemos.

 Una fesencilla

Podemos iniciar nuestra meditación sobre la fe con la sencilla afirmación de que hay que creer que lafe fue depositada en nosotras por el Bautismo.(…) Este don inicial condiciona todos los demás, tanto si lo hemos recibido inconsciente y precozmente en el seno de una familia cristiana, como si se nos ha conferido tras la lucha que implica una conversiónpersonal en plena edad adulta. A ejemplo de nuestra Santa Madre, que celebraba con gran devoción el aniversario de su Bautismo, acostumbrémonos a conmemorar ese día con acciones de gracias, meditando sobre ese beneficio fundamental de la vida teologal y examinando seriamente cómo lo hemos proyectado en nuestra vida. Si nuestra fe es límpida y sin nubes, demos gracias al Señor por ahorrarnos las luchas más turbadoras de la vida espiritual y sirvámonos de esta fe sencilla y clara para iluminar el camino de los que, menos privilegiados que nosotras, conocen la duda y la angustia.

Una fe ilustrada

Preocupémonos de nuestro estado en relación con la fe. No permanezcamos en una inconsciente quietud a este respecto, porque cualquier progreso espiritual que pretendamos alcanzar sólo puede ser el fruto de un avance en la fe. Deseemos sincera y fervientemente ilustrarnos y caldearnos en la llama de la fe; que este deseo se transforme en firme propósito, que se traduzca en una oración continua y una vida sacramental asidua y ferviente; porque los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, recibidos con buenas disposiciones, aumentan en nosotros la fe, la esperanza y la caridad, como lo pedimos después de cada una de nuestras comuniones. Oración y sacramentos son las fuentes permanentes en las que hemos de alimentar nuestra vida teologal.

Una fe humilde

La gracia de la fe sólo está segura en los corazones humildes que, firmemente convencidos de su fragilidad, todo lo esperan de Dios. Su humildad ejerce un atractivo irresistible sobre el Señor, que se complace en comunicarse a ellos y atender sus deseos. Que nuestra fe sea humilde y sencilla, recibida con inmensa gratitud, como un beneficio inapreciable del que no somos dignos y que tenemos que hacer fructificar. Que el humilde conocimiento de nosotras mismas nos mantenga en continua oración, pidiendo el acrecentamiento de nuestra fe; que nos lleve a fundamentar esa fe en la enseñanza oficial de la Iglesia.

 Una fe sólida

No creamos que esas bases de humildad y de obediencia impliquen eludir la responsabilidad y compromiso personal. Vivir según la fe es un combate ininterrumpido y exige un gran valor; no sabemos hasta dónde nos querrá conducir el Señor si permanecemos fieles, y el acto de fe inicial consiste precisamente en aceptar esa incertidumbre y comprometernos a seguir a Cristo sin que podamos prever el porvenir. «Así, pues, como recibisteis a Cristo Jesús, al Señor, caminad en El, arraigados en El y edificándoos sobre El, y fortaleciéndoos” (Col 2, 6).

Una fe viva

El don de la fe, como todos los demás, no se nos ha dado solamente para que personalmente encontremos a Dios. Es un don hecho a la Iglesia, a través de nosotros, para la salvación de todos, y somos responsables, respecto de nuestros hermanos, de la fe que a través de nosotros debe llegar hasta ellos.(…) Recordemos la promesa hecha a Santa Catalina, nuestra Hermana, promesa que es un compromiso para nosotras: «Díos se servirá de nuestras dos Familias para reanimar la fe». Y no olvidemos tampoco que, desde nuestros orígenes, «la enseñanza de las verdades que hay que creer», fue considerada como el deber inseparable de toda acción caritativa. Debemos sacar de aquí una gran lección para el momento presente: toda Hija de la Caridad debe ser, allí donde el Señor la destine, catequista de la fe, no sólo junto a sus Pobres, sino también con aquellos con quienes trabaja y con todos cuantos encuentra.

Leamos con los ojos de la fe la vida de María y pidámosle con instancia que nos obtenga el don de unafe semejante a la suya: «sencilla, ilustrada, humilde, sólida, serena, activa».