Isabel Ana Bayley Seton: Espiritualidad Setoniana – Mujer de Fe

La espiritualidad de Santa Isabel Ana Seton tomó raíces en su amor a Dios y a su familia. Ya de muy joven, gustaba leer la Biblia y se servía de ella como fuente de oración. Tenía predilección por el Salmo 23. Episcopaliana y católica a la vez, Madre Seton apreciaba el oficio litúrgico y se mostraba una ferviente «comulgante». Su vida de oración la llevó al servicio del prójimo y de los pobres especialmente por medio de sus actividades educativas.

Hija de la Iglesia

Ferviente episcopaliana durante largo tiempo, Isabel recibía la santa comunión en memoria de la última Cena y veneraba la santa liturgia. La creencia católica romana en la presencia real en la Eucaristía llevó a Isabel a la búsqueda de la verdad.

Oraba para estar en la verdadera Fe si es que no estaba aún. Para ella, la Fe era un regalo enraizado en el corazón y no en la cabeza. Su decisión de convertirse tenía consecuencias de un alcance considerable. El precio que había pagado por ello hacía resonar en su corazón cánticos de alabanza a Dios por el don inestimable de la Fe. En las últimas horas de su vida, exhortaba a cuantos estaban reunidos en torno a ella, repitiendo: «Sed hijos de la Iglesia, sed hijos de la Iglesia».

Como católica romana, el amor de Isabel hacia Jesús en la Eucaristía la sostuvo en su servicio al prójimo y en su misión de caridad. Su devoción a la Eucaristía y su fe en la presencia constante de Dios nutría su imitación de Jesucristo, fuente y modelo de toda caridad. En definitiva, Isabel se consagró a Dios para servirle en la persona de los enfermos, de los pobres materialmente y de los niños no escolarizados.

La Palabra de Dios

Isabel tuvo hambre de la Palabra de Dios durante toda su vida. La Biblia la acompañó a lo largo de todo su caminar en la Fe. A través de las alegrías y combates de la vida, oró con un acento bíblico que revelaba su relación personal con Dios, al mismo tiempo que le ayudaba a llevar a los demás por los caminos del Espíritu. Su enraizamiento en la Palabra de Dios hizo a Isabel capaz de vivir los acontecimientos como se presentan, desde la serenidad, y de enseñar a los demás que: «la pequeña lección cotidiana consiste en permanecer discreta y apaciblemente en la presencia de Dios; … alabarlo y amarlo en días de nubarrones y en días sol, es —decía— todo mi interés y toda mi preocupación».

La Madre de Dios

Isabel trataba de imitar la maternidad de María, Madre de Jesús, cuyo ejemplo la llevaba a comprender su cometido en la Iglesia: «Jesús en María, María en Jesús en nuestras oraciones…, – su nombre tan a menudo pronunciado en el Divino Sacrificio—». Isabel consideraba a María en relación con su Divino Hijo.

«A la Madre de la Santísima Trinidad desde toda la eternidad… la honramos siempre junto a Jesús. Durante los nueve meses que vivió en ella, ella sola Lo conocía, ella era su único tabernáculo. María, llena de gracia, Madre de Jesús. Amamos y honramos a Jesús cuando la amamos y honramos a Ella … María nos conduce al amor a Jesús, nuestras oraciones pasan por su corazón lleno de amor, Jesús se alegra de recibir nuestro amor embellecido y purificado a través del corazón de María, como viniendo del corazón de un amigo».

(Tomado de un artículo por  Betty Ann McNeil, H.C. Eco Febrero 2001. (págs.. 69, 7s-74)