En el alba de la Resurrección

Me llamo Sor Valerie. Soy capellán en un hospital de Toulouse y hago sustituciones de enfermería.

Cada vez me emociona más encontrarme, en los diferentes servicios, a personas que  están cercanas al final de su vida. Abandonados desde hace tiempo por la medicina, que se considera fracasada por no haber sabido curarlos, separados por una sociedad occidental que niega la muerte, en Francia, desde  hace quince años, son cuidados en los centros llamados de cuidados  paliativos.

¡Mis sustituciones como enfermera me han llevado a participar en uno de estos servicios y mi corazón, de Hija de la Caridad, se ha maravillado de descubrir todo lo que es posible hacer por alguien cuando, por así decirlo, no hay nada que hacer!

Cuando los días están contados, cada minuto es importante y se tiene que vivir plenamente. También cada uno tiene su lugar en la colaboración para que la persona viva  lo mejor posible sus últimos días, o semanas. Es el equipo, en su conjunto, el que está implicado en el cuidado, desde  la persona que hace la limpieza y sirve las comidas, hasta el médico.

Desde el primer día me di cuenta que en el servicio había un hombre, Patrick, cuya mayor angustia era morir solo. Sarah, una compañera, auxiliar de enfermería, me llamó para que le viera y comprobé que se estaba muriendo. Sarah se fue silenciosamente de la habitación y llamó a sus compañeros auxiliares, agentes de servicio y médicos. Todos vinieron alrededor de la cama, cada uno le cogió la mano, del hombro, etc. Él nos miró, sonrió y falleció con una gran paz, rodeado de personas, como él deseaba.

En este servicio, se tienen en cuenta todas las dimensiones de la persona: cuerpo, corazón, espíritu, alma, vida social, vida familiar. Por eso los colaboradores externos lo hacen según su especialidad: psicoterapia, psicología, ortofonía, capellán… Todo el cuidado se realiza con una gran delicadeza, al servicio de la calidad de vida de la persona, y el dolor es sistemáticamente aliviado. Por ello, no es la persona, como en muchos lugares, la que ha de adaptarse a la organización del servicio, sino el servicio el que se organiza en torno a la persona y a sus necesidades específicas.

Hubo, por ejemplo, una señora de 38 años, Magalie, con un cáncer en fase terminal. Tenía dos niños de 7 y 9 años y no sabía cómo hablarles de su próxima muerte. Ella veía que el tiempo la urgía y decidió hablarles aquella tarde. Yo estuve esa mañana de trabajo y hacia las tres de la tarde cuando, por fin, tuve tiempo para ocuparme de sus cuidados,  vi  entrar a su marido con los niños en la habitación. Retrasé las curas y,  cuando la atendí me contó que ella, con su marido, con toda calma, con palabras muy escogidas, se lo explicaron a sus niños. Al día siguiente, Magalie se fue con el Señor apretando con fuerza en sus manos un dibujo que le había hecho la víspera su hijo más pequeño.

El tiempo próximo al fin de la vida puede permitir releer la vida y asumir algunos hechos importantes, cómo le sucedió a Maxime, que había abandonado a su hija a la edad de tres años y deseaba pedirle perdón. La pudimos encontrar y vino a verla y a acompañarla durante sus últimas semanas. Esta reconciliación permitió a Maxime  irse en paz, y a su hija, como nos lo ha confió más tarde,  pasar de mujer a joven mamá.

Mi paso por el servicio me enseña cada día que este tiempo del fin de la vida, que en la sociedad es un momento doloroso e inútil, que habría que abreviar lo más  posible, puede ser un tiempo de gracia para todos; el alba de la resurrección.

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*Los nombres han sido cambiados

Sor Valerie, Hija de la Caridad, Francia-Sur