¿QUIÉN ES JESÚS PARA LUISA DE MARILLAC?

Durante el tiempo de Adviento/Navidad meditaremos sobre la Encarnación. Aquí les presentamos la reflexión de Sor Elisabeth Charpy y Sor Louise Sullivan sobre Santa Luisa y la Encarnación.

louise216¿Por qué la Encarnación?

Luisa de Marillac ha comprendido bien las cosas. Reflexiona sobre las razones que han podido conducir a Dios a enviar a su Hijo a la tierra. Una sola frase puede resumir su pensamiento sobre la razón de la Encarnación: “Nunca Dios ha testimoniado un amor tan grande al hombre como cuando ha decidido encarnarse” (Escritos 698)

Después que Adán arrojase a Dios de su vida para constituirse él mismo en su propio dios, la Encarnación manifiesta la gran atención de Dios por sus criaturas. Dios quiere alcanzar al pecador en lo más profundo de su sufrimiento y devolverle la confianza en sí mismo. Quiere que comprenda bien su propia dignidad, puesto que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Este deseo divino, insiste Luisa de Marillac, no podrá realizarse más que en un respeto total a la libertad de la persona.

Cada uno podrá acoger o rechazar esta gracia divina de acuerdo con lo que él mismo decida. Dios no condiciona las decisiones humanas. El hombre es libertad, tiene capacidad para elegir, para decir si o no a las iniciativas de Dios.

Realización de la Encarnación

Luisa de Marillac ama contemplar la Trinidad deliberando, buscando cómo decir al hombre todo su amor, y decidiendo juntos la Encarnación del Verbo: “Tan pronto como la naturaleza humana hubiese pecado, el Creador, en el consejo de su Divinidad, quiso reparar esta falta. Y para eso, por un amor muy grande y puro, ordenó que una de las tres personas se encarnaría en lo que parecía, incluso en la Divinidad, una profunda humildad” (Escritos 697) La promesa de la Encarnación de la segunda persona de la Trinidad se inscribe en el plan de amor de Dios sobre el hombre.

Para Luisa, la humildad define a Dios tanto como el Amor. Dios no es más el Dios lejano y exigente, el Todopoderoso, presentado así al pueblo con cierta frecuencia.

La Encarnación misma sería suficiente prueba como para tenerlo que reconocer. Pero otros muchos actos de la vida de Jesús vienen a confirmarlo. Por su nacimiento en un establo “Jesús se ha hecho un niño pequeño para dar más libre acceso a sus criaturas” (Escritos 714). Considera “la humildad que nuestro Señor ha practicado en su Bautismo” (Escritos 715). Meditando sobre el lavatorio de los pies, la tarde del Jueves santo, Luisa observa: “No puede existir nada que me impida humillarme, teniendo el ejemplo de Nuestro Señor” (Escritos 715). Tenía interés en hacerse honrar por sus Apóstoles, pero acepta abajarse hasta “lavar los pies de sus Apóstoles” (Escritos 715).

María, la madre de Jesús

La Encarnación del Hijo de Dios es real. El Verbo se hace carne en la Virgen María. Con mucha devoción y reconocimiento, Luisa de Marillac contempla la elección, hecha por Dios, de María, la sencilla mujer de Nazaret. “Dios la destinó a la dignidad de Madre de su Hijo” (Escritos 730).

Por experiencia personal, Luisa de Marillac conoce la alegría de dar la vida a un niño, y darle lo más íntimo de ella misma, su sangre. Querría expresar toda la felicitad que la invade: He ahí por consiguiente el tiempo del cumplimiento de vuestra promesa. Seas bendito por siempre oh mi Dios, por la elección que has hecho de la Santa Virgen… te has servido de la sangre de la Santa Virgen para formar un cuerpo a vuestro querido Hijo.” (Escritos 792).

Toda la gloria de María proviene de su maternidad divina. Luisa proclama que María es “la obra maestra de todo el poder de Dios en la naturaleza puramente humana” (Escritos 819). Honrar a María por la elección que Dios ha hecho de ella ¿no es glorificar al mismo Dios? Él ha amado tanto a los hombres que ha querido estar presente en medio de ellos recibiendo su humanidad de María.

La humanidad santa de Cristo

En 1652 Luisa de Marillac escribe a las Hermanas de Richelieu y les recuerda la importancia de contemplar la vida del Hijo de Dios durante su estancia entre los hombres. Ahí descubrirán ellas la verdadera Caridad: “La dulzura, la cordialidad y el apoyo deben ser el ejercicio de las Hijas de la Caridad, como la humildad, la sencillez y el amor de la humanidad santa de Jesucristo es la caridad perfecta, es su espíritu. Ahí está, mis queridas Hermanas, lo que he pensado deciros como un resumen de nuestros reglamentos.” (Escritos 405). En su larga carta de agosto de 1655 a las lejanas Hermanas de Polonia, Luisa insiste también en la importancia de contemplar la vida humana de Cristo. “Honraréis a Jesucristo por la práctica de de las virtudes que su santa humanidad nos ha enseñado él mismo” (Escritos 470)

Las últimas cartas de Luisa retoman este mismo tema, así a Geneviève Doinel en 1659 con ocasión de la Navidad: “Me invitáis a acercarme al nacimiento para encontraros al lado del niño Jesús y su santa Madre… De él, mis queridas Hermanas, aprenderéis los medios para practicar las sólidas virtudes que su santa humanidad practica desde su venida. De su infancia obtendréis todo lo que necesitáis para ser verdaderas cristianas y perfectas Hijas de la Caridad.” (Escritos 661).

La insistencia de Luisa sobre la contemplación de la humanidad de Jesucristo muestra cuánto deseaba que la vida de toda Hija de la Caridad fuese un reflejo del rostro de Cristo, de su infinita bondad, de su amor inconmensurable. Cristo es verdaderamente la regla de la Hija de la Caridad, lo mismo que lo es para toda la Familia Vicenciana.

ser continuado…