¿QUIÉN ES JESÚS PARA LUISA DE MARILLAC? (2)

louise216Jesús el redentor

Luisa de Marillac, que tiene una buena forma¬ción teológica, reconoce que “la Encarnación del Hijo de Dios es, según su designio desde toda la eternidad, para la redención del género humano” (Escritos 818). La ruptura entre Dios y el hombre provocada por el pecado no puede permanecer para siempre. Al enviar su Hijo a la tierra, Dios desea renovar la Alianza, y permite al hombre encontrar lo que dará sentido a su existencia. La redención, subraya Luisa de Marillac, es una nue¬va creación, una re-creación, algo que no puede hacerse más que al final de un largo proceso de transformación, de muerte y de resurrección de vida.

La humanidad sufriente aparece en Luisa de Marillac como una prolongación de la humanidad sufriente de Cristo. El servicio de amor de todo vicenciano es una continuación de la Redención, permitiendo a todo pobre, humillado y desposeí¬do, revivir, resucitar, volver a ser un hombre vi¬viente, liberado de su mal, de su pecado, un hom¬bre libre. Esta reflexión sorprendente coincide con aquella de Pablo que se atreve a decir: “Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col. I, 24).

La Pasión del Hijo de Dios es un acto de amor tan profundo que Luisa va a inscribirlo en el sello de la Compañía de las Hijas de la Caridad “La ca¬ridad de Jesús Crucificado nos apremia”. Para Lui¬sa, este amor debe animar e inflamar el corazón de toda Hija de la Caridad para los servicios de todos los necesitados. En la fórmula que utiliza para ter¬minar sus cartas, Luisa menciona frecuentemen¬te este amor inaudito manifestado por Jesús en la Cruz. “Soy, en el amor de Jesús crucificado, vues¬tra humilde sierva”. Luisa desea, para ella y para las personas a las que ella escribe, estar llenas del mismo amor que ha movido a Cristo a morir en la Cruz. Se apropia así las palabras de San Juan en su primera Carta: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y envió a su Hijo como propiciación por nues¬tros pecados. Y nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Él, Jesús, ha dado su vida par nosotros, nosotros debemos dar también la vida por nuestros hermanos.” (I Jn. 4, 10,16).

La Eucaristía

La Encarnación no se limita al tiempo de la vida de Cristo. Jesús, cuando se acerca su Hora, encuentra el medio de prolongarla, de actuar de tal manera que esté siempre con nosotros. Luisa de Marillac se maravilla ante esta invención extraor¬dinaria de la Eucaristía. El Hijo de Dios no se ha contentado con tomar un cuerpo humano y habitar en medio de los hombres, sino que queriendo una unión inseparable de la naturaleza divina con la naturaleza humana, ha hecho después de la Encar¬nación el invento admirable del Santísimo Sacra¬mento del Altar, en el que habita continuamente la plenitud de la Divinidad en la segunda persona de la Santísima Trinidad.” (Escritos 776)

Le parece que Dios quiere decir y repetir al hom¬bre toda la profundidad de su Amor. La Encarna¬ción manifiesta ya este profundo deseo de unión, la Eucaristía lo realiza de una manera todavía más grande. Luisa de Marillac no se detiene sobre el aspecto “memorial y sacrificio” de la Eucaristía, sino que habla ampliamente de la comunión, “esta acción tan admirable e incomprensible al sentido humano” (Escritos 811).

Recibir el cuerpo de Cristo, es, dice Luisa de Marillac, hacerse partícipes de esta Vida de Dios. Cristo se entrega en alimento para que el hombre desarrolle en él una energía nueva y realice su ta¬rea en el mundo. A imitación de Cristo, el cristia¬no está llamado a hacer un don de todo su ser si quiere llevar vida y amor a su prójimo. La recep¬ción de la comunión aporta una fuerza excepcio¬nal porque da “capacidad de vivir en Jes cristo, teniéndole vivo en nosotros” (Escritos 812).

Respondiendo a este don de Dios, Luisa desea para ella y para las personas que acompaña en su camino espiritual “una suave y amorosa unión con Dios” (Escritos 811). ¿Es ciertamente posible para un ser humano tener tal unión con su Dios? El tiempo de acción de gracias que sigue la comu¬nión va a permitir repetir a Dios toda su alegría, todo su agradecimiento, porque viniendo Cristo a nosotros ¡nos hace semejantes a El! Alegrémonos “al admirar este maravilloso invento y esta amoro¬sa unión por la que Dios mirándose en nosotros, nos hace totalmente sus semejantes por la comuni¬cación, no solamente de su gracia, sino de sí mis¬mo” (Escritos 811). Luisa no sabe cómo agradecer a su Señor y a su Dios haber querido permanecer de este modo sobre la tierra para que todos los hom¬bres puedan ofrecerle toda la gloria que su Huma¬nidad Santa recibe ya en el cielo.

Conclusión

Luisa tiene una percepción muy fuerte y total¬mente interior del Amor divino. Como los autores bíblicos, Luisa reconoce que “Dios es un fuego de¬vorador” (Heb. 12, 26). En lo cotidiano de su vida, las Hermanas y todos los que comparten el caris¬ma vicenciano, están invitados a permitir que este fuego divino invada su ser, a acoger la plenitud del amor que el Espíritu derrama en su corazón. En esta relación encontrarán fuerza, energía, creati¬vidad para cumplir su servicio de amor al lado de los que sufren la pobreza bajo todas esas formas antiguas y nuevas.
Luisa reconoce que ir en pos de Cristo, servirle en sus miembros sufrientes, es amar con un “amor poco común” (Escritos 817), es decir, un amor fuer¬te, sólido, que no se deja intimidar ante la menor dificultad. Este amor fuerte se traduce, concreta¬mente y cada día, por la atención a cada uno, la dulzura, la bondad hacia todos. Cuanto más crece el Amor de Dios, más se tendrá conciencia de la dignidad de cada uno, de su libertad, del respeto que le es debido. Así es como Cristo ha manifes¬tado su amor.