La Luz de Pentecostés

42AMARLa experiencia de luz que tuvo santa Luisa en Pentecostés de 1623, y que acabó con la gran confusión, lucha y sufrimiento que ella tenía, resultando de todo ello una convicción más profunda del amor que sentía por Dios y por el prójimo.

Esta crisis que Luisa experimentó, corriente en las vidas de quienes luchan por darse del todo a Dios y al prójimo, expresa lo esencial del gran mandamiento que el Señor Jesús dio.

Como Hijas de santa Luisa y seguidoras de Jesucristo, están llamadas a darse totalmente al Señor: es decir con toda su alma, con toda su mente, con toda su fuerza y a amar a su prójimo como a ustedes mismas. Este es el compromiso que hacen con Dios, este es el compromiso entre ustedes; este es el compromiso que hacen con otros miembros de la Familia Vicenciana. Es sobre todo el compromiso que hacen con aquéllos que viven en pobreza.

Como dice el Evangelio, no hay otro mandamiento mayor que este. Si analizamos de cerca este mandamiento que viene del Señor Jesús, vemos que se basa en una relación. Me gustaría dar un paso más y decir que esa relación lleva consigo una relación con Dios, entre unas y otras en la comunidad, con la Familia Vicenciana y con los pobres.

Los miembros de la Familia Vicenciana se están centrando en la especial relación que existía entre Vicente y Luisa, una relación que yo llamaría de colaboración, pero una colaboración que va más allá de ser simplemente colaboradores en una relación de trabajo. Vicente y Luisa eran dos compañeros que ponían en común las gracias que Dios les había dado, el amor que experimentaban en y a través de Dios, compartiéndolo en profundidad el uno con el otro en sus esfuerzos para servir a los que vivían en pobreza en aquel momento. Sin duda, podemos hablar de una relación sana, del amor de Dios encarnado en el amor que se tenían el uno por el otro y el que tenían con los colaboradores que se les unieron en esta gran misión de servir a los pobres.

Dios llama a todos los seres humanos a relacionarse, no solo en el ejemplo del matrimonio, sino a relacionarse viviendo el don del amor que el nos ha dado antes; un relacionarse que diferencia entre una vida comunitaria vivida como sus constituciones les piden y una vida comunitaria simplemente superficial; un relacionarse con la Familia Vicenciana que sea algo más que este ya tan largo animar de palabra a los responsables Vicencianos a la verdadera colaboración; un relacionarse que construya unidad y ayude a establecer la solidaridad con aquellos que viven en mas necesidad; un relacionarse que se haga con aquellos de quienes esperamos sean los protagonistas de sus propias vidas, aquellos que viven en pobreza. Esta relación o contrato empieza en Dios y acaba en Dios.

P. Gregory Gay, Superior General (Ecos – Junio 2009)