Los objetivos del Año de la Vida Consagrada vistos “a través de los ojos” de una Hija de Caridad  

En la Carta Apostólica del 21 de noviembre de 2014, publicada en el primer domingo de Adviento, dirigida a todas las personas consagradas, el  Papa Francisco señaló los OBJETIVOS,  EXPECTATIVAS y HORIZONTES para el Año de la Vida Consagrada. Este mes reflexionamos sobre los objetivos mencionados en el mensaje Papal desde la perspectiva de la vocación de las Hijas espirituales de San Vicente y Santa Luisa.

1. El primero de estos objetivos es mirar al pasado con gratitud.

Durante este año es apropiado para cada familia carismática reflexionar sobre sus orígenes y su historia, a fin de dar gracias a Dios que concede a la Iglesia una variedad de dones que la embellecen y equipan para todas las obras buenas.

“En el día de Pentecostés, oyendo la Santa Misa, o haciendo oración en la iglesia, en un instante, mi espíritu quedó iluminado acerca de sus dudas. Y se me advirtió… que llegaría un tiempo en que estaría en condiciones de  hacer voto de pobreza, castidad, y obediencia, y que estaría en una pequeña comunidad en la que algunas harían lo mismo. Entendí que sería esto en un lugar dedicado a servir al prójimo; pero no podía comprender  cómo podría ser, porque debía haber (movimiento de) idas y venidas”. (La “Luz”).

2. Este Año nos llama también a vivir el presente con pasión.

“Para los fundadores y fundadoras, la regla en absoluto ha sido el Evangelio, cualquier otra norma quería ser únicamente una expresión del Evangelio y un instrumento para vivirlo en plenitud. Su ideal era Cristo, unirse a él totalmente, hasta poder decir con Pablo: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1, 21).

“La Regla de las Hijas de la Caridad es Cristo, al que se proponen seguir tal como la Escritura lo revela y los Fundadores lo descubren: Adorador del Padre, Servidor de su designio de Amor, Evangelizador de los pobres” (C. 8a).

3. Abrazar el futuro con esperanza quiere ser el tercer objetivo de este Año.

“La esperanza de la que hablamos no se basa en los números o en las obras, sino en aquel en quien hemos puesto nuestra confianza (cf. 2 Tm 1,12) y para quien «nada es imposible” (Lc 1,37). 

La llamada que oyeron las primeras Hermanas sigue suscitando y reuniendo, a través del mundo, a las  Hijas de la Caridad, que se esfuerzan por encontrar de nuevo en la fuente la inspiración e intuiciones de los Fundadores”. (C., pág. 19).

“He aquí, hijas mías, cuál fue el comienzo de vuestra Compañía; como entonces no era lo que es actualmente, hemos de creer que tampoco es ahora lo que será luego, cuando Dios la haya situado en el puesto en que la quiera”.  (San Vicente).

Detengámonos un momento para meditar sobre este último punto y en las palabras de San Vicente.  El P. Patrick Griffin tiene un precioso comentario sobre esta cita en una de sus Conferencias sobre el Fundador:

“Yo distingo tres afirmaciones importantes en esta declaración.  En primer lugar, la Compañía no era entonces, ni es ahora,  como él quiere que sea. Nosotros continuamos evolucionando, con la gracia de Dios, y debemos buscar y responder a ese don.  Por esta razón,  emprendemos un “nuevo impulso misionero”. En segundo lugar, la Compañía es trabajo de Dios  y cuando Dios trabaja  hemos de aceptar sus altos-y-bajos como parte del misterio del plan de Dios, que está más allá de nuestra comprensión.  Nuestra responsabilidad es caminar con audacia y confiadamente, adonde Dios nos dirige.  Y finalmente,  encontramos una afirmación que realmente  eleva mi espíritu: San Vicente nos dice que nuestro trabajo agrada a Dios, es excelente en sí mismo y útil a nuestro prójimo.  Como  tal, debe tener un futuro en el plan de caridad de Dios.  Yo lo creo así. Tenemos un carisma importante que compartimos con la Iglesia y debemos continuar así. Cómo lo haremos. Qué número seremos. Dónde servirán nuestras Hermanas, yo no lo sé, ni ustedes tampoco, pero confiamos en el “plan de Dios” (La audacia de la Caridad para un nuevo impulso misionero – una perspectiva desde nuestro Carisma).