La alegría de darse a Cristo – Testimonio de Sor Ana Belén en la Casa Madre – París

P1070372Cuando recibí la invitación para hablar hoy, mi primera sensación fue el temor, pues debo confesar que no estoy acostumbrada a hablar en público. Pero enseguida dije « SI » a este testimonio, porque me gusta mucho contar a los demás las maravillas que Dios ha hecho y continúa haciendo en mi vida. Además, he vivido una hermosa experiencia: todos mis pequeños « SI » pronunciados a los largo de mi camino como Hija de la Caridad han recibido una recompensa generosa de Dios, que siempre da mucho más.

Estamos en el Año de la Vida Consagrada. El Papa Francisco, en su carta del 21 de noviembre de 2014, invita a todas las personas consagradas a : Mirar el pasado con agradecimiento; Vivir el presente con pasión; Abrazar el futuro con esperanza

Un mirada agradecida al pasado

Puedo decir que tuve una buena infancia. Nací en el País Vaco, en el Norte de España, en una familia católica, aunque no demasiado practicante. A partir de los 11 años estudié en un colegio de las Hijas de la Caridad y formé parte de los grupos de J.M.V, una asociación mariana que la Virgen María, en sus apariciones de 1830 en esta Capilla, pidió a Santa Catalina que se creara. Creo que esto marcó el comienzo de mi amor a María. Durante mis primeros años en el colegio, veía a las Hermanas un poco lejos de la realidad. No comprendía su vida y ellas eran profesoras exigentes para mí, una alumna atenta. Pero todo esto cambió cuando yo tuve 17 años. En aquel momento conocí a una nueva Hermana que fue para mí un testimonio de alegría, de vida en plenitud. Ahora pienso que esta Hermana fue un instrumento que Dios puso en mi camino para tocar mi corazón. A los 17 años, yo era una joven « normal », con sueños muy concretos: llegar a ser médico, casarme y formar una familia. Pero Dios había soñado otro camino para mí, y poco a poco, El encontró la manera de mostrármelo. A los 19 años, sentí que la llamada de Dios resonaba con fuerza en mi corazón, y dije: « SI » a pesar de la oposición de mi familia y de la incomprensión de mis amigos. Pero el amor de Dios es más fuerte que todo.

Durante un año, viví mi postulantado, periodo de discernimiento. Me inserté en una comunidad de Hermanas que vivían en un barrio marginal de Bilbao y que se ocupaban de una guardería. Esta etapa fue un año de grandes descubrimientos para mí, que me permitieron estar segura de mi vocación. Por ello continué mi camino; esta vez en el Noviciado (que nosotras llamamos Seminario) de las Hijas de la Caridad en San Sebastián. En el Seminario conocí a otras jóvenes que, como yo, se preparaban para ser Hijas de la Caridad. Esto me tranquilizó un poco. ¡Bravo ! ¡Yo no era la única loca del mundo! Vivir con ellas me ayudó mucho a clarificar mis ideas y a darme cuenta de que la llamada de Dios es un regalo, una gracia que llena de alegría la vida de quien la acoge.

Cuando terminé estos dos años de formación intensa, el Señor me invitó a volar al lado de los Pobres: los niños abandonados, los jóvenes en dificultad, la pastoral juvenil… En todos estos servicios, he experimentado la felicidad de darme a los demás. He sido muy feliz al lado de todas las personas que he tenido la suerte de servir. Con ellos he aprendido el amor misericordioso de Dios, que ama sin límites, sobre todo a sus hijos más pequeños. La vida de comunidad y la oración han sido siempre para mi apoyos esenciales.

Tras algunos años de servicio en un hogar de acogida para niños, terminé mis estudios de Químicas, y me convertí en profesora de un colegio Photos - neige 213de Hijas de la Caridad. Intenté enseñar a mis alumnos, además de la Química o las Matemáticas, a ser buenas personas y amigos de Jesús. También me parecía muy interesante sensibilizarles hacia el servicio a los demás y hacia la ayuda a los países más pobres. Pero Dios nos reserva siempre sorpresas. Y esta vez, el sueño de Dios me envió… ¡a África! Viví seis meses de experiencia misionera en el Chad. Un nuevo servicio que fue interrumpido bruscamente por la enfermedad, pero que ha dejado en mi corazón un calor inolvidable. No solamente el calor de las altas temperaturas africanas (¡que también!), sino sobre todo el calor de vivir con personas acogedoras, alegres y llenas de vida. Admiré mucho la manera de acercarse a Dios de los chadianos. Por eso me encanta participar en las vigilias de oración de “Cristo Bolingo” aquí en la Capilla. Los cantos, los ritmos, las expresiones de amor hacia Jesús, me hacen pensar en un Dios que es Padre de todos y que está feliz de acoger las diferentes formas que sus hijos tienen de dirigirse a Él.

A mi regreso de África tuve de nuevo la alegría de servir al Señor en España, con los niños que sufren problemas sociales, en un pueblecito donde nuestra presencia como Hijas de la Caridad era muy significativa, sobre todo en la parroquia. Pero el Señor quería todavía darme una sorpresa y… ¡Aquí estoy!

IMG_1118Ya estamos en el tiempo presente. Desde el año 2013, vivo aquí, en el número 140 de la calle del Bac, en la casa donde se encuentra la capilla de la Medalla de la Virgen Milagrosa. Es nuestra Casa Madre, y yo tengo la gracia de vivir con Hijas de la Caridad de todo el mundo. Le doy gracias cada día al Señor por esta oportunidad: el poder descubrir en la otra Hermana, de una cultura tan diferente de la mía, una misma llamada y un mismo objetivo: servir al Señor en la persona de nuestros hermanos.

Actualmente, mi principal servicio es la traducción, quizá el más árido de todos los que he vivido hasta ahora, pero intento realizarlo con todo mi amor y con mi corazón abierto. Sé que mi trabajo ayuda a las Hermanas a un mejor servicio y a vivir a fondo su vida de Hija de la Caridad, y esto me anima. Formo parte de una cadena de amor que quiere transmitir la ternura de Dios al mundo de hoy. Y esto me basta para ser feliz. Los sábados por la tarde ayudo a las Hermanas en el « espacio medallas ». Es el lugar, al lado de esta capilla, donde los peregrinos pueden comprar medallas, rosarios, libros y folletos que les ayudan a rezar. Para mí, participar en este servicio es verdaderamente un regalo que me permite estar en contacto con la gente que viene a esta Capilla y que comparten conmigo sus historias: historias de vida y de alegría, de problemas y de sufrimiento. Pero sobre todo, son personas que a pesar de su diversidad tienen un punto en común, la confianza en María, nuestra Madre, que nos espera aquí. La frase: « Venid al pie de este altar, las gracias serán derramadas… » se llena de sentido para mí cuando veo a la gente rezar aquí. María, la madre que acoge. María, mujer que cree que nada es imposible para Dios. Muchas gracias por vuestra fe en ella; vuestra fe confirma la mía.

También me gusta hablar con las Hermanas mayores, que se han dado con generosidad. En el relato de sus vidas, descubro lo que yo quisiera para la mía: encontrar la fuerza en Dios, estar enraizada en Jesucristo, que nos hace capaces de superar las dificultades. Como dice el apóstol San Pablo: « Cuando me siento débil, es entonces cuando soy fuerte ».

Cuando me preguntan por los motivos de mi alegría, yo respondo enseguida: mi alegría viene de saberme amada por Dios de una manera incondicional. Es Él quien da un sentido profundo a mi vida, Gracias a Él he encontrado mi lugar en el mundo. Y para terminar, les invito a seguir la indicación del Papa Francisco y Abrazar el futuro con esperanza. En nuestro mundo de hoy, la esperanza es muy difícil de vivir, pero es más importante que nunca. Esto es lo que me gustaría que fuera mi vida: un signo de esperanza.

El documento « Alegraos », escrito para el Año de la Vida Consagrada, nos repite las palabras del Papa Francisco: “¡Despertad al mundo! Sed testigos de una manera de hacer, de actuar, de vivir! ». El Papa nos anima a encontrarnos con los hombres y las mujeres de hoy. En mi opinión, éste debe ser el gran fin de la Vida Consagrada del futuro: Despertar al mundo, despertar a la humanidad, para que descubra el Amor de Dios, que vela sobre este mundo desde toda la eternidad. La experiencia del Amor de Dios introduce en el corazón humano la esperanza que necesita.

La Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, gracias a la vida de más de 16.000 Hermanas repartidas por el mundo entero, trata de dar un testimonio contagioso de alegría, de serenidad y de fecundidad al lado de nuestros hermanos más pobres. Y yo me siento feliz de pertenecer a ella.