María Inmaculada y su Asunción – algunas reflexiones para el mes de agosto

Assumption

El culto mariano, que nos viene de los Fundadores, ocupa un lugar muy importante en el patrimonio de la familia vicenciana desde sus orígenes. Debido a su vocación propia en la Iglesia y en el mundo, san Vicente y la santa Luisa enraizaron la Compañía de manera especial en la devoción mariana. Las apariciones y el mensaje de 1830 reforzaron esta adhesión a María, la enriquecieron y actualizaron.

Ya en la fundación de la primera Cofradía de la Caridad en Châtillon, el 23 de agosto de 1617, san Vicente escribió: «… y porque, si se invoca a la Madre de Dios y se la toma como patrona de las cosas de importancia, no puede ocurrir sino que todo vaya bien y redunde en gloria del buen Jesús, su Hijo, dichas damas la toman por Patrona y Protectora de la obra ».

Santa Luisa tiene igualmente una devoción de imitación; coloca a María en el misterio de su relación con Dios desde la fe: «Soy toda tuya, Santísima Virgen, para ser más perfectamente de Dios ». Luisa tiene una devoción de alabanza, en particular hacia la Inmaculada Concepción de María.

La Inmaculada Concepción y nos concierne a todos. El dogma no añade una perla a la corona de María, sino que la Asunción de la Madre de Dios: “los dos dogmas están estrechamente conexos entre sí” (cf. Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, 4). Celebrando, en agosto, la Solemnidad de la Asunción de María, dejémonos fascinar por las palabras del P. André Cabes, doctor en Teología que afirma que:

El privilegio de la Inmaculada, ¡es el nuestro!

María es la criatura que acoge la gracia y se deja ajustar permanentemente al don que Dios le hace. Respeta la libertad de Dios, deja trabajar al amor, su vida está sin cesar sumergida en la gracia del comienzo.

Cuando se habla de un privilegio a propósito de María, olvidamos que dicho privilegio está hecho para ser compartido y que ilumina la realidad la misma de nuestras vidas. Los pobres, los pequeños son iluminados por la mirada de Dios.

Ahora bien, lo que se nos expresa a través del dogma de la Inmaculada, es lo esencial del misterio del don de Dios. Nos muestra en efecto que la encarnación y la redención han triunfado en esta pequeña persona, María, que está en el centro de nuestra humanidad pecadora. María representa la parte mariana que sigue existiendo en cada uno de nosotros. Ella es la humilde discípula, totalmente revestida de la belleza de su Dios, algo que nosotros también, estamos llamados a ser, gracias sobre todo al sacramento del bautismo y renovado en el sacramento de la reconciliación.

Dios nos mira como el padre de la parábola miraba al pródigo. No veía al pródigo, veía a su hijo. Dios ve en toda mujer, en todo hombre, al que será por toda la eternidad su hijo muy amado. Pablo lo dice en la carta a los Efesios: estamos invitados a « ser santos e inmaculados en presencia de Dios, por el amor ». ¡El privilegio de la Inmaculada, es el nuestro!

María es la más bella ilustración de una verdad de fe que trasciende las divisiones históricas entre cristianos: somos salvados por un don gratuito de Dios. Es la creación retomada en su origen, es el mundo, de nuevo, totalmente límpido y permeable a la gracia, es decir al don de Dios.

El sí que dice Dios, al crear el mundo, oye como respuesta, como un eco, el sí de María. Por esto existe el mundo. Y esto no es verdaderamente marginal con relación a la vida que tenemos que vivir…