La historia de las apariciones de Nuestra Señora a Santa Catalina Labouré en julio de 1830.

El encuentro del 18 de julio de 1830 es instructivo en  muchos aspectos. El camino espiritual efectuado por Catalina es una propuesta para que nosotros también, a través de la persona de María, que irradia a Dios, nos abramos al Infinito.

La experiencia del encuentro de Catalina con María es, ante todo, una historia de amor. Mediante su aproximación progresiva y discreta. María emprende pacientemente el camino del “domesticar”, en el sentido empleado en el cuento de Saint Exupery. La relación sobrenatural que María ofrece a Catalina no es para abrumarla con una bondad condescendiente o hecha de exigencias. Le propone vivir un encuentro en verdad, a la luz de Dios. donde cada persona necesita de la otra, donde cada persona necesita amar La Biblia entera ¿no traza la historia inexplicable del Amor de Dios a los hombres y la confianza infatigable que se obstina en ofrecerles Ya, en las primeras páginas del libro del Génesis, oímos los pasos de Dios que se pasea entre los árboles del jardín en busca del hombre, y oímos igualmente su voz que llama como la de un padre que busca a su hijo: “Adán, ¿dónde estás?” (Gen 3, 8-9). En las otras páginas, Dios se presenta incesantemente como un enamorado que viene a buscarnos, llora porque no nos encuentra, y teme perdernos cuando no nos dejamos encontrar; nos toma en sus brazos cuando estamos agotados o heridos, se arrodilla ante nosotros para lavarnos los pies, comparte nuestras angustias hasta la muerte y da su vida para salvarnos.

Es Él también quien prepara la mesa de fiesta alrededor de la cual nos invita a sentarnos, con la gozosa esperanza de vernos a todos reunidos en torno a Él. Así, el 18 de julio de 1830, con una sencillez totalmente familiar, María se sienta en un sillón. Está allí, presente, hecha acogida, pura ofrenda. Es, a la vez, la Hermana, la Madre, la humilde Sierva del Señor. Su actitud refleja y prolonga, a la manera humana, la actitud de Dios revelada en Jesús cuando dice a Za-queo: “Hoy voy a comer en tu casa”. Jesús, mendigo de amor, está humildemente a la puerta, y llama…

Dios viene visitarnos sin hacer ruido la mayoría de las veces. Se invita como un amigo. Llama a nuestra puerta y espera respetuosamente nuestra respuesta, porque no puede obligar a amar. El Amor no es posesivo, se ofrece./ Dios mendiga nuestro sí, nuestra sonrisa./ En cuanto encuentra nuestra puerta abierta, pide que le dejemos entrar para hacer que arda nuestro corazón con su Amor. Pero, cuando lo acogemos “en nuestra casa”,/ ya se ha adelantado para acogernos en la Suya. Con María, comprendemos mejor que el Amor de Dios/ nos precede /y que el nuestro es solo respuesta al suyo.

Fuente: Ecos Compañía: Catalina Labouré – Mensajera del cielo.
Sor Anne Prévost, H.C.

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