(English) RIARIO SFORZA FAMILY HOME: HERE, UNBOUNDED LOVE SAVES THE WOUNDED

La Biblia y el teléfono móvil son los amigos fieles de Blessing. Blessing ha estado viviendo en la Casa familiar “Riario Sforza” durante seis años. “Ella es nuestra princesa”, bromea uno de los trabajadores. Por algún tiempo ella se mueve gracias a una silla de ruedas. Viajó desde Nigeria hasta el distrito Camaldoli de Nápoles, en esta casa de tres pisos donde, desde 2003, quienes buscan una casa para vivir, han encontrado aceptación y una propuesta de vida.

La casa nació como un trabajo de la Caritas diocesana para enfermos terminales de VIH y fue confiada a las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Rodeada de zonas verdes, en una zona suburbana de la ciudad, no está lejos de “Cotugno”, el hospital especializado en enfermedades infecciosas. Una vez a la semana, un equipo de especialistas del hospital, dedicado al servicio a domicilio sigue a los acogidos de la institución. Cuando se abrió la casa familiar, era “candidato” para ser atendido quienes solo tenían como posibilidad la calle. Hace veinte años eso significaba morir abandonado en algún rincón oscuro. “Siempre hemos estado a favor de los últimos de los últimos”, dice Sor Marisa Pitrella, quien dirige la casa desde 2016.

Hoy, gracias al progreso en la atención, el centro ofrece a los usuarios un camino de recuperación, para su autonomía total o parcial. “La mayor alegría es tener chicas que se han tomado la vida en sus manos y, gracias a relaciones estables, han logrado formar una familia y hoy tienen hijos y una vida feliz por delante”. Cuatro jóvenes han tenido hijos; una pareja ha formado el hogar familiar. “Hace veinte años, pensar en poder tener una vida normal después de la infección con VIH era imposible, hoy, al seguir la terapia y mantenerse bajo control, pueden tener hijos sin riesgos.

Sor Marisa es enfermera especializada y con Sor Alessandra y Sor Cecilia, hermanas que tienen la misma calificación, llevan la obra. Aunque la Casa ha cambiado sus fines a lo largo de los años, ahora no es solo para pacientes con enfermedades terminales, el criterio de recepción permanece sin cambios. “La demanda excede con mucho la oferta. Tuvimos que decir no a tantas personas, sabiendo que alguien podía morir en la calle. En la región ‘Campania’ hay solo dos estructuras, la nuestra y otra alrededor de la estación de Nápoles. En total hay cerca de veinte hogares”.

Los diez residentes actuales, hombres y mujeres, tienen entre 28 y 64 años, pero en el pasado, dice Sor Marisa, “también tuvimos personas de 73 y jóvenes de 18 años con VIH-positivas debido a relaciones sexuales ocasionales con falta de protección”. La dureza de la experiencia, el hecho de haber acompañado a varias personas hasta la muerte, forma un lenguaje poco diplomático y muy concreto. Tanto para la Hermana como para los residentes de la casa, que no tienen problemas para fotografiarse y contar sus historias, porque “lo que nos sucedió puede ayudar a otros a no caer en los mismos errores”, dice Ciro, que de vez en cuando necesita el respirador.

Hojeando las agendas de varios años, que cuentan la vida de la pequeña comunidad, Ciro muestra a los amigos presentes, los que salieron de la casa para formar una familia, otros que no lo hicieron. Momentos de fiestas y de viajes al mar o a la montaña, ahora pospuesto a una fecha que se asignará, debido a la presencia de cuatro residentes confinados a la cama. “Cuando podemos, siempre tenemos una fiesta, toda ocasión es buena”, dice Sor Marisa.

Acogidos inicialmente con gran reserva y algunas protestas, la Casa y su pequeña comunidad -los residentes, las tres Hermanas, más siete trabajadores y algunos voluntarios- a lo largo de los años se han convertido en una presencia a la que incluso el vecindario se ha acostumbrado. Los residentes asisten a la parroquia local y los agricultores locales han donado una pequeña parcela de tierra para el cultivo de repollo, brócoli, tomates, así como algunas para el cuidado del jardín.

“El servicio a personas con VIH solo requiere más atención, pero la demanda de ternura es la misma que para aquellos que sufren: necesitan un amor gratuito que cuide las heridas”, dice Sor Marisa. “En el centro de nuestro carisma, como Hijas de la Caridad, está el servicio de Cristo en los pobres, con humildad, caridad y sencillez. Los pobres son nuestros maestros, amos y señores”.

Un carisma que las tres Hermanas viven concretamente en la Casa de Camaldoli, donde los residentes siguen un programa bien específico, con caminos personales. “La primera propuesta, que es la misma para todos, tiene como objetivo restaurar la salud: si es un adicto a las drogas, reducirá la dependencia con metadona hasta que esté libre de adicción. Luego, si es necesario, para la recuperación de los afectos, para reparar un vínculo con sus familias. La estadía en la casa es temporal, hasta que puedan caminar solos y hayan adquirido autonomía. “En 14 años han pasado unas 60 personas. Los días en el hogar incluyen programas personalizados y talleres comunes desde corte y confección, trabajo de cocina, costura, en la huerta. Una ocupación en la que las hermanas invierten tanto: “El sentido de este último taller es muy importante”, dice Sor Marisa. “Si una pequeña semilla puede florecer, ellos también, con mucha paciencia y cuidado por sí mismos, pueden hacerlo”.

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