Llamados a la Santidad

Los santos de la puerta de al lado

Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad».

Estamos todos invitados a seguir el camino de la santidad y todos conocemos a nuestro alrededor testigos que nos guían y acompañan en ese camino, personas humildes, discretas que actúan por amor en nombre de su fe.

San Vicente decía:

«No debemos considerar a un pobre aldeano o una pobre mujer según su forma exterior, ni según la apariencia de su espíritu;ya que con frecuencia no tienen casi figura humana, ni el espíritu de personas razonables, son tan groseros y mundanos. Pero volver la medalla y veréis con las luces de la fe que el Hijo de Dios, que ha querido ser pobre, se nos representa en esos pobres»

Volvamos la medalla de las malas noticias, informaciones que revelan únicamente  dramas y pensemos en todos los pequeños gestos cotidianos que son como pequeñas llamas de justicia y de paz, de compartir, de benevolencia, que alimentan el fuego de nuestra dignidad humana.

He aquí una historia entre tantas otras que evocan estas pequeñeces que dan vida.

Mirad este pequeño pájaro, en una gran playa … ¡Es tan frágil en esa inmensidad!

Como capellán, yo conocí a una señora en una residencia, tan pequeña y discreta, que podría haber pasado desapercibida. Y sin embargo… Fue a urgencias del hospital y se encontraba perdida, entre los exámenes médicos, los cuidados, el ir y venir de enfermeros y de pacientes. En ese torbellino, ella perdió un poco la noción de donde estaba, ¿era de día, de noche? Ella cerraba los ojos y pensaba que iba a morir.

Yo fui a verla. El primer día, tenía la mirada perdida y balbucía palabras incoherentes. Estaba muy cansada. El segundo día, ella sonrió y hablaba con dificultad. Evocaba sus miedos, su deseo de volver a su casa, la residencia. Ella se sentía bien en «su casa donde las personas que la rodeaban la apreciaban». El tercer día me esperaba sentada, bien derecha en la cama y hablamos largamente. Estaba feliz de este encuentro y no quería que yo me fuera, «no tienes unos minutos todavía». Alguien llamó a la puerta de la habitación. ¡La puerta se abrió y el médico de la residencia vino a decirle que todos la esperaban! Yo me quedé estupefacta. Ese médico era siempre de apariencia severa. Me cruzaba con ella en los pasillos sin responder nunca a mis buenos días. En esa habitación había tenido lugar un milagro! Sin decir nada, nos sonreímos y supimos que nuestra presencia había devuelto la vida a esta señora.

En la cama, esta persona frágil no sabía ya a quien mirar, se emocionó, sus ojos brillaban de emoción, «¿yo soy esperada?». Ella no estaba ya sola en esta playa inmensa, había resucitado a la vida, resucitado por el amor de sus prójimos. 

La santidad no está nunca lejos cuando Cristo reanima a un enfermo. Cada uno de nosotros en esta habitación somos actores y testigos de este momento de santidad compartida.

No tengas miedo de la santidad. No te quitará las fuerzas, la vida o la alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser. Papa Francisco, exhortación apostólica Gaudete et Exultatesobre el llamado a la santidad en el mundo actual.

Sor Valérie

___________________________________________________________

Llamados a la Santidad – Archivo