Sor María Emilia Heredia y Guerrero

“Quiero ser santa”

Sor María Emilia Heredia y Guerrero nació en Málaga el 15.X.1874. Cuando tenía tres años, murió su madre y fue María Guerrero, su tía, la que asumió el cuidado y la educación de ella y de sus dos hermanos. Cuando Emilia, recibió, por vez primera, a Jesús Sacramentado, ya soñaba con vestir el hábito carmelitano.

A los 14 años, muere repentinamente su padre, en 1888. Pocos meses después Emilia y Pepita ingresen en el Colegio de las religiosas de la Asunción en Londres. Emilia asistió a la toma de hábito de su más querida compañera, pero Dios quería para ella algo más sencillo y cuando volvió a instalarse en Málaga en el año 1897, comenzó a pensar en ser Hija de la Caridad. Confió este deseo a su director espiritual que la animó a llevar a cabo su propósito.

A los 23 años llamó a las puertas de una Casa de Hijas de la Caridad: El Asilo de San Juan de Dios de la Goleta. La Hermana Sirviente (Superiora) la acogió con mucha amabilidad y le hizo ver todo lo que ser Hija de la Caridad conlleva de renuncia y entrega. Las Hijas de la Caridad, son distintas de otros grupos de religiosos, tienen votos simples y le aconsejó que lo pensara y esperara la voluntad de Dios.

Emilia con su prima, Guillermina Heredia Barrón, visita el Hospital del Niño Jesús y la Casa de Misericordia de Santa Isabel. En el contacto con las Hermanas cada vez veía más claro que deseaba formar parte de esta Compañía. No vacila; su decisión se plasma en este lema“Volo” y hace grabar en un imperdible: “VOLO. Quiero ser santa. VOLO. Quiero consagrarme al Señor. Volo = Quiero llevar la misma vida que Cristo en la tierra. VOLO. VOLO.  Quiero ser Hija de la Caridad.

Casi desde la cuna el Señor la elige, la prepara para su futura misión. Persuadida del divino llamamiento responde con voluntad firme: “Soy la pobre gotita de agua que el sacerdote pone en el cáliz… No valgo nada, pero Dios ha fijado sus ojos en la bajeza de su sierva”. Para Emilia todo es secundario; su corazón es sólo de Dios. Pueden aplicarse a ella estas palabras “agradó al Señor desde la infancia, la miró y mostró quedar prendado”.

Por razones familiares tuvo que desplazarse a París, se puso en contacto con la Casa Madre de las Hijas de la Caridad, en 140 rue du Bac, París. Se entrevistó con la Madre General, Sor Lamartinie, quien, desde el primer momento, descubrió en esta joven, su grandeza de espíritu y su profunda piedad, pero fue su sucesora Sor Julia Kieffer fue quien la recibió en la Compañía.

A los 25 años, Emilia Heredia se desprendió de su relicario de oro “VOLO”. Entregó su voluntad humana para fundirla en la divina e ingresó en la Compañía el 27 de noviembre de 1899, allí se preparó para una vida plena de entrega a Dios al servicio de los pobres. Tuvo la dicha de hacer el Postulantado en el Hospicio de Enghien, barrio pobre al sudeste de París, donde Sta. Catalina Labouré se santificó humilde y sencillamente y allí estaba enterrada. Sor Dufés, le dijo que en el lugar Sor Catalina le reveló su gran secreto. Su espíritu se iba empapando del quehacer comunitario. Todo ello iba creando en su mente y en su corazón el anhelo de santidadmediante un trabajo exterior y con el desarrollo de toda la ternura de que era capaz en su interior.

Uno de los episodios que impactó a Sor Heredia de los fundadores fue la fundación de los niños abandonados. Tenía la ilusión de ir a la Tierra de Jesús para dedicarse al cuidado de los niños. Los Superiores no lo vieron conveniente y decidieron enviarla a España. Pasó por una breve estancia en la Casa Cuna de Biarritz donde se cuidaba aniños, hijos de pescadores, y Sor Heredia se entregó en alma y cuerpo a cuidarles con gran dulzura.

Un año más tarde, llegó al Hospital del Niño Jesús en Madrid, donde comenzó su labor social. En 1902 desarrolló su espíritu de entrega en Santa Isabel de Madrid, primera Casa Provincial de las Hijas de la Caridad de hábito gris en España. Al año siguiente fue llamada a la Casa Madre para colaborar en la formación de las Hermanas del seminario. En 1912, ante los rumores de un posible conflicto mundial, la enviaron a España al Asilo de Nuestra Señora del Puerto de Santoña (Cantabria), a una escuela para hijos de pescadores.

Con motivo de la Guerra Europea, desde la Casa Madre le pidieron que consiguiera un edificio adecuado para servir, ocasionalmente, de Postulantado, porque resultaba imposible que las jóvenes aspirantes pudieran trasladarse a París. El 26 de noviembre de 1913 se estableció una comunidad en Ávila, ciudad de santa Teresa, en la Casa de Caridad de la Medalla Milagrosa, en donde desplegó una amplia labor de asistencia, promoción y evangelización.

El 1.11.1914, con la guerra que asolaba a Europa, a pesar de los grandes inconvenientes que hubo que sortear, se puso en marcha en Ávila el segundo seminario de las Hijas de la Caridad en España. El 31 de mayo de 1917, pasa el Seminario a la actual casa provincial de Martínez Campos, 18, en Madrid. Había 30 Hermanas del Seminario. Además, Sor Emilia se encargó de la coordinación de las clases externas, la Asociación de las Hijas de María y Luisas de Marillac. Desde noviembre de 1918 fue también Consejera.

El Señor sostenía, ayudaba y fortificaba a la que ponía en Él todo su ser. Dios la preparaba para un nuevo Servicio.  En la noche del 23 al 24 de marzo de 1920 murió Sor Catherine Massol, Visitadora Provincial. El Consejo General designó como su sucesora a Sor Emilia Heredia. El 21 de abril del mismo año, Sor Mª Emilia asumió la dirección de la Provincia siendo la primera Hermana española que ocupó ese cargo.  Sor Emilia, a los 46 años, comenzó su nuevo “servicio” visitando todas las Casas de HC de la Provincia, llevándoles las luces de su buen juicio y el afecto de su corazón. Su espíritu de fe hacía que la acogieran como una enviada de Dios. Ella se consideraba como un débil instrumento, pero puesto en las manos de Dios y se esforzaba por crear en la Casa Provincial un ambiente de paz, cordialidad, de unión, las Hermanas disfrutaban de una verdadera vida de familia sintiéndose felices en Comunidad.

En el Oficio de Visitadora su camino no fue de rosa, pronto se encontrará con la Cruz en este “oficio” de responsabilidad, el camino real de la Santa Cruz.  Muchas serían las cruces que encontrará. Desde abril de 1931, en que se proclamó la Segunda República en España, varios Decretos fueron prohibiendo y clausurando centros religiosos. El 18 de julio de 1936 estalló el Movimiento Nacional. Madrid, la capital, se vio inundada de banderas rojas y de una turba que se había echado a la calle incautando todo lo que se ponía a su alcance. El 21 de julio de 1936 el Gobierno decretó la salida de las religiosas de todos los Centros del Estado en el plazo de 6 horas. Sor Heredia consiguió que la sectaria Ley de las Congregaciones religiosas no fuera aplicada a las Hijas de la Caridad.

Durante la Guerra Civil Española, convirtió la Casa Provincial en Hospital Auxiliar de la Cruz Roja, bajo la inmunidad política de la bandera francesa, lo que permitió atender a numerosos enfermos y heridos y salvar a muchos españoles de los dos bandos nacional y republicano. Muchas Hermanas se refugiaron en la Casa Central no sin sufrir antes vejaciones e incluso la prisión. Dos Hermanas fueron apresadas en el camino y hasta el fin de la guerra no hubo noticias de ellas. Un trapero las denunció, a la salida de la pensión y las detuvieron las llevaron a una checa y al amanecer las fusilaron en la carretera de Toledo. Ellas eran: Sor Modesta Moro Briz, Auxiliar de farmacia en la Maternidad de Santa Cristina, hermana del obispo de Ávila y Sor Pilar Isabel Sánchez Suárez, ayudante de quirófano de la misma Casa. Las dos ya han sido beatificadas.

La Visitadora dejaba a Dios campo libre para que cincelara su alma, y que bien terminó su obra de arte. Iba a ser probada de todas formas y por todas partes, en su familia que fue muy perseguida, 33 miembros ejecutados. Su hermano Eduardo falleció en 1931, a causa de los sinsabores que le produjo él querer librar de la muerte al Sr. Obispo de Málaga, perseguido por las turbas enfurecidas y Carmen López, su esposa, asesinada. Y su hermana Pepita murió de sufrimientos al estallar la guerra.

Las crisis cardiacas le repetían con frecuencia. No obstante, la crucifixión íntima la identificó de tal manera a Cristo que en algunos momentos se la veía abismada en Él. Iba a ser probada en su centro más querido: la Provincia que en poco tiempo iba a quedar prácticamente deshecha. Y finalmente iba a ser probada en su misma persona, perseguida tuvo que ausentarse de la Casa central y tuvo que salir de Madrid, durante la Guerra Civil Española (1936-1939)temiendo que también ella fuese ejecutada.

El 25 de enero de 1938 se trasladó a Barcelona, con nombre francés, Madame Mereau,pasó días terribles en una casa particular, vestida de seglar y temiendo se descubriera su verdadera personalidad en cuyo caso la cárcel o quizá la muerte sería su destino. Sin embargo, ni aún en estos momentos se le oyó queja alguna. Mientras tanto rezaba su jaculatoria preferidaVirgen Santa del Pilar, del Santísimo Rosario, Madre mía Milagrosa”. El 2 de febrero embarcó para Marsella, rumbo a la Casa Madre en París. Llegó a la Casa Madre quebrantada por el cansancio, envejecida y muy delgada. Sin embargo, con sus ojos azules humedecidos, ella sonreía. Cuando, en los recreos le pedían que contara algo de España, su voz le temblaba y sus ojos se perdían en el infinito. Se excusaba diciendo: “Hay que haberlo vivido para comprender”.

En la Capilla de las Apariciones, encomendaba a la Virgen a sus Hermanas y a su Provincia, fue el último oasis que encontró en el desierto de su vida. Sólo dejaba la tribuna para ir a la enfermería y el rosario y para escribir a las Hermanas. En este momento, sus grandes preocupaciones eran: España, las Hermanas y su preparación para morir.

El 16 de marzo de 1938, liberado el Norte del País, y habiendo alcanzado una situación estable, Sor Heredia, atravesó la frontera francesa por Irún. Desde allí siguió alentando a las Hermanas e interesándose por cada una de ellas. Tuvo el consuelo de visitar el nuevo Seminario que se había trasladado a Oyeregui, Elizondo, aldea del Norte de Navarra, donde las Hermanas continuaban su vida de piedad y recogimiento, ajenas a la situación que se estaba desarrollando en el Centro y Levante de España.

Había que reorganizar la Provincia y contaba con el apoyo del Padre Director, P. Carmelo Ballester, que conocía al detalle el alma de cada una de las Hermanas, pero un nuevo sacrificio le esperaba. El Director fue nombrado para la Sede Episcopal de León. La noticia se recibió en la Casa Central de Madrid por radio Salamanca el día 14 de febrero de 1938. Sor Heredia acogió la noticia con gran generosidad sin queja alguna. La consagración tuvo lugar el día 15 de mayo en Pamplona.

El 8 de abril de 1939, terminada la guerra, llegó Sor Emilia a Madrid gravemente enferma. Desde la camilla, donde la conducían a la enfermería vio por última vez la imagen de la Santísima Virgen en la amada Capilla, más acogedora y radiante que nunca. Tras quince días de postración el 23.IV.1939 Sor Emilia Heredia Guerrero entregó su alma a Dios. Tenía 64 años de edad y 39 de vocación. Su vida no fue muy larga, pero si lo suficiente para dejar una estela, un camino a seguir basado en las exigencias de su vocación. Se configuró plenamente con los tres rasgos del Cristo Vicenciano: Adorador del Padre, Servidor de su designio de Amor y evangelizador de los Pobres.

El Ayuntamiento de Madrid, con fecha 20 abril de 1942 autorizó el traslado de sus restos, siendo depositados en el jardín del Seminario, en un Oratorio construido debajo del camarín de la Virgen de la Capilla. Durante mucho tiempo, el lugar ha sido motivo de oración y recogimiento para las Hermanas, ya sean de la Casa, de la Provincia, o las Hermanas del Seminario.

Se puede decir que su etapa de gobierno fue la edad de oro de la Provincia. En diecinueve años se abrieron 61 Casas. Hasta 1939, las Hijas de la Caridad estaban en 110 casasdistribuidas por toda la geografía española.

Sor Emilia, había hecho suyo, desde muy joven, el mandato de Jesús: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”y con su “Quiero, Volo” se unió perfectamente a la voluntad de Dios que quiere que todos lleguemos a la santificación. Es cierto que se necesita un reconocimiento especial por parte de la Iglesia para elevar a Sor Heredia a los altares, pero estamos convencidos que forma parte del gran ejército de ciento cuarenta y cuatro mil señalados que siguen al Cordero. Sor Emilia Heredia tuvo, en verdad, un alma luminosa y un gran corazón. Ofreció a la gracia algo más que una vasija de barro vacía y pasiva. Su voluntad de quererse ajustó al mandato de Vicente de Paúl:

“Amemos a Dios con el sudor de la frente y el esfuerzo de nuestros brazos”

Según Mons. Carmelo Ballester en el prólogo de “Quiero ser Santa”: Sor Heredia se sentía devorada por el ansia de que Nuestro Señor Jesús fuese cada vez más conocido y amado. Sobresalió sobre todo en saber aunar la vida de María con la de Marta, la contemplativa con la activa.

Fuente : Tomado del libro:“Quiero ser santa”,
Sor Mª Teresa Candelas, H.C.