Novena

Día 1º – 18 de noviembre

“Una luz radiante

La aparición del 27 de noviembre de 1830 tuvo lugar el primer día de un tiempo litúrgico concreto: “el sábado por la tarde, víspera del primer domingo de Adviento”. La liturgia de Adviento nos invita a preparar nuestros corazones para acoger a Cristo, Luz del mundo. El 27 de noviembre de 1830, María se presenta a Sor Catalina como una mujer inundada de luz, que precede al Sol de Justicia como “la aurora precede al día”.

“Vi a la Santísima Virgen de pie, vestida de blanco, de talla mediana, con el rostro tan bello que me sería imposible describir su hermosura”.

Desde el 18 de julio de 1830, Sor Catalina conoce por experiencia la dulzura, la ternura, la delicadeza de María. En esta relación profunda, contempló su semblante que traducía la verdad de su ser y de su misterio. No obstante, en la segunda aparición, Sor Catalina se siente todavía más impre­sionada ante la belleza inefable de María, toda radiante de una luz maravillosa. La gracia de Dios se refleja en su rostro, lo que hace decir a Catalina: “su rostro era tan bello que no podría describirla”.

 

Día 2º – 19 de noviembre

María, misterio de la humanidad nueva

El 27 de noviembre, María revela a Sor Catalina cuál es el origen de su fulgor, es su identidad profunda: “concebida sin pecado”. Ella es la Inmaculada, la llena de gracia. Sor Catalina descubre en María Inmaculada la “Nueva Creación”, la criatura que se beneficia de la Resurrección desde el primer instante de su concepción. Es la primera obra de Cristo Resucitado. Es la primera resucitada entre las criaturas después de Jesús y nos muestra que si la humanidad de Cristo ha triunfado, su proyecto de salvación ha triunfado también. María, la primera salvada, es el modelo de la humanidad. María refleja la gloria que irradia Cristo en la Transfiguración, como irradiará un día sobre los resucitados.

 

Día 3º – 20 de noviembre

María, la tierra que acoge a Dios

Durante toda su vida, María, totalmente abierta y transparente al Espíritu, se dejó modelar por el Sí infinito del Amor. En Ella, es la tierra quien acoge a Dios. María está al pie de la Cruz para acoger el Don de Dios. Está allí porque es la Madre. Y es la Madre, porque está allí. Ella es quien ha llevado la vida del Dios que muere, esa Vida de la que Él sólo es la fuente. En el momento doloroso en que Jesús da su vida por la salvación del mundo, la Cruz está clavada en ella como una espada. El corazón de Jesús y el de María están tan estrechamente unidos que, en ese espacio de comunión en el amor, el discípulo de siempre podrá encontrar la vida de Dios.

 

Día 4º – 21 de noviembre

El globo dorado coronado por una pequeña cruz

“La Santísima Virgen sostiene en sus manos un globo dorado coronado por una pequeña cruz…”

Mediante el globo dorado y coronado con una cruz, que tiene en sus manos, María nos introduce en el misterio de la Encarnación y de la Redención. Desde la Natividad, Cristo está en medio de nosotros y la luz de Pascua ilumina nuestra tierra.

Después, en una actitud de ofrenda, María presenta a Dios el mundo salvado, resucitado. ¿No es una visión profética que muestra la armonía universal de la naturaleza y de la historia, de las personas y del cosmos, hacia la que tiende la historia humana?

 

Día 5º – 22 de noviembre

Los rayos de luz

“Los dedos de María que sostenían el globo se cubren de anillos con piedras preciosas. De estas pedrerías, salían como por haces, unos rayos de un fascinante resplandor”.

Esta aparición, que precede al tiempo de Navidad, nos puede invitar a unirnos a la experiencia de los pastores de Belén. De la misma manera que ellos fueron conducidos por una gran luz hacia María y el Niño Jesús, los rayos “de un gran resplandor” conducen a Sor Catalina a ahondar más en el misterio de la gracia de Dios. Los rayos de luz que emergen de las manos de María son el símbolo del Amor de Dios que viene a arrancar las tinieblas en nosotros y en el mundo.

 

Día 6º – 23 de noviembre

Las pedrerías “sin rayos”

Dios nos ha visitado y nos ha manifestado su amor infinito hasta morir en una Cruz. Nos visita también hoy para renovar sin cesar nuestro mundo desde el interior, por la gracia de su Espíritu. Pero la acción divina de la salvación es realmente eficaz en la historia humana sólo si pasa por nuestros corazones. En el Evangelio, la presencia de Jesús entre los hombres, no aporta automáticamente la salvación: al contrario, hay quienes lo ignoran o lo niegan: “los suyos no le recibieron”.

Las pedrerías “sin rayos” nos hacen pensar en el versí­culo del Magnificat: “a los ricos los despidió sin nada”. María nos hace comprender nuestra dificultad permanente para volvernos hacia Dios, para darle el primer lugar en nuestra vida, para pedirle su gracia a fin de vivir como hijos de Dios. Como los pastores que recibieron el anuncio, estamos invitados a entrar, cada vez más, en el espíritu de la pobreza evangélica: “Bienaventurados los pobres de espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos”. María nos recuerda que es muy importante pedirlo cada día en la oración.

 

Día 7º – 24 de noviembre

El signo de la Medalla

¿Por qué María nos ha dejado un signo? ¿Qué quiere mostrarnos? Lo que la “madre de todo discípulo” nos da a ver, es para llevarnos a ver lo que no se ve. De la misma manera que, en las bodas de Cana, María preparó a los sirvientes a ponerse a la escucha de la Palabra de Jesús, hoy continúa invitándonos a ir más lejos en el camino de la fe y de la confianza. Al confiarnos su Medalla, nos introduce en una actitud de fe para que seamos verdaderos “discípulos de Jesús”.

Cuando pronunciamos las palabras de la corta oración “Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti”, pedimos a María que ruegue por nosotros para ser más “discípulos que creen en El”. Como en Cana, María comunica lo que significa ser creyente: hacer todo lo que Dios nos diga, abrirnos a la disponibilidad incondicional.

 

Día 8º – 25 de noviembre

La Primera discípula que creyó

En el simbolismo de la Medalla, María ocupa un lugar especial como en Cana. La Medalla orienta nuestra mirada hacia Dios a través de la persona de María. María no está ‘al lado de Dios’, sino delante de Él, no para ocultarlo, sino para hacer que aparezca con una luz humana, femenina, materna. Según Leonardo Boff, “María es el lugar donde Dios manifiesta su rostro femenino”.

(…) María nos ayuda a dejarnos inundar por la luz de Dios. El símbolo de los rayos de luz, que salen de las manos de María, no expresan “el buen vino” que Jesús quiere para nosotros, la irradiación de los dones de su Espíritu.

 

Día 9º – 26 de noviembre

Llevar la medalla y dar la Medalla

Llevar la medalla es dar a María la hospitalidad de nuestro corazón, acogerla “en nuestra casa” e invocarla con el corazón: “Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti”.

Llevar la Medalla, es acoger a María y entrar en la irra­diación de su amor maternal para aprender de Ella a “hacer lo que Él nos diga”. Es llegar a ser como Ella, tierra de acogida para Dios en el mundo, es hacer que Dios nazca hoy.

Llevar la Medalla es abrirnos a la presencia del Resucitado en nuestro mundo y encontrarlo en el servicio a los hermanos.

María nos llama no a ser “distribuidores” de medallas, sino a “irradiar” su sonrisa, a difundir la luz del Resucitado. Ofrecer la Medalla es una ocasión para ir al encuentro del otro, como lo hicieran María y Jesús.

 

27 de noviembre – 183 Aniversario de las Apariciones

Una humilde Hija de la Caridad fue escogida para ser el instrumento de la Medalla de la Inmaculada. No nos sorprende que Dios haya escogido a esta Hermana joven y no a otra que hubiera sido más distinguida a los ojos del mundo. Sor Catalina era pura y pobre de corazón, sensible a las “cosas de Dios”. Como María, Sor Catalina era una sierva del Señor, una sierva disponible y dispuesta a cumplir la voluntad de Dios.

Junto con Sor Catalina, apren­damos a dejar que Cristo nos encuentre, nos mire; aprendamos a exponernos a su mirada para apren­der a ver el mundo como Él lo ve.

Abramos nuestro corazón a la belleza y humildad de María, “Estrella de la evangelización“, para llegar a ser como Ella, reflejo de la Bondad y de la Humildad de Dios.

Dejemos que el Espíritu haga surgir en nosotros “una nueva creación” para amar al mundo y ordenarlo según el Reino de Dios.

 

(Tomado del libro “Catalina Labouré. La Mensajera del Cielo.” por Sor Anne Prévost, H.C.)