Mi Vocación

A veces la vocación en una persona se manifiesta a partir de un acontecimiento puntual de gran intensidad, que hace que el interior se remueva con tal fuerza que permite aflorar nuevos sentimientos, nuevos caminos. Otras veces sin embargo, la vocación se manifiesta de la forma más sencilla, en el día a día y como parte de nosotros mismos, éste es mi caso.
Durante la preparación de mi Primera Comunión, Rosario, mi catequista, nos enseñaba lo importante que era recibir a Jesús en nuestro corazón y aquellas enseñanzas quedaron grabadas en mí.

Desde niña, hacía visitas al Señor para pedirle las cosas que necesitaba. Percibía de forma especial las necesidades de las personas de mi entorno, pues recuerdo, que con doce años ayudaba a un matrimonio mayor (ella ciega y él imposibilitado) que no tenían agua corriente en la casa, y yo les llevaba el agua desde la fuente de la plaza del pueblo. También recuerdo que hacía los recados a otra señora inválida, que desde su puerta esperaba que alguien se acercara, para poder pedirle las cosas que necesitaba. En más de una ocasión, daba mi merienda a quien veía que no tenía… Creo que esa sensibilidad de darme a los demás, la llevaba impresa en mí. Así pues, a medida que iba creciendo, la forma de encontrarme con Él, era viéndolo en los necesitados de amor y de bienes materiales.

En aquellos años, pasaban por las escuelas monjas buscando vocaciones, y yo me hubiera ido con ellas, pero mis padres no lo veían tan claro como yo.
Tengo una prima que es Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl (con más de 90 años) y en aquel momento fue su madre, mi tía, quien percibió que yo también podría ser una buena Hija de la Caridad, lo que hizo que mis padres, aún con pena, me dejasen marchar a Olmedo (Valladolid), donde las Hijas de la Caridad tenían colegio y residencia de ancianos. Allí me sentí fenomenal, pero antes de un año, mis padres me reclamaron.


Pasó un tiempo y mi pensamiento seguía siendo el mismo. Intenté otras alternativas, pero no me llenaban, y a los 19 años decidí entrar en la Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, donde me siento feliz desde el primer día, a pesar de las dificultades que a veces se tienen, porque Él siempre sale a mi encuentro y me ayuda.

Siento mucho agradecimiento a la Compañía de las Hijas de la Caridad, ya que me han dado la posibilidad de cuidar a niños, ancianos y enfermos.
Entre otros muchos destinos, estuve 12 años en el Hospital psiquiátrico de El Palmar, donde disfruté muchísimo. Pasé también un poco de tiempo en Guinea Ecuatorial (en los años 80); allí vi el sufrimiento y la escasez de todo. ¡Cuánto nos enseñan los pobres…!

Ahora, me encuentro en Lorca, en la Obra Social Santa Luisa de Marillac, trabajando en los proyectos ALCA (alternativa a la calle) con chicos de 3 a 16 años y con el proyecto RENACER, en el que por la mañana, un grupo de mujeres jóvenes se preparan para desenvolverse en la vida.
Me siento plena ayudando a estas personas y agradezco la colaboración de la comunidad y la entrega de las maestras, que en todo buscan el bienestar de los niños y son un referente muy importante para ellos.
Cuando pienso en la falta de vocaciones, siento pena de que los jóvenes no tengan la necesidad de entregar su vida a una causa tan extraordinaria, y es que quizás no lo piensan bien. Yo les aseguro que merece mucho la pena, que te llena el alma de alegría verdadera.

Sor Mª Teresa Arranz, H.C.