A la luz de la Fe – Salamanca

salamanca.1[Provincia de Barcelona] “Si tuvierais fe como el granito de mostaza, dirías a esa montaña, cámbiate de sitio, y se cambiaría”. Cuando hablamos de la fe como DON, “El don de la fe”, nos adentramos en el misterio e intentamos “ser fieles” a lo que escapa de nuestras maniobras sensitivas Ante posibles desalientos vino Jesús a poner su palabra: “Dichosos los que sin ver creyeren”. Ésta novena bienaventuranza nos anima a responder, en fidelidad, al DON recibido, nunca ganado a sueldo… de ahí su fuerza.

El tema de la 38 Semana Vicenciana, “Al servicio de la fe y la caridad”, ha logrado dar unidad a las diferentes ponencias desarrolladas durante cinco días sobre El Cambio sistémico y el Martirio de nuestros hermanos y hermanas.

 El Cambio Sistémico promovido por la Familia Vicenciana hace unos años, cuenta ya con “historias” que demuestran que “la fe puede mover montañas”. Cambiar sistemas endurecidos por el egoísmo no es fácil, pero los hechos de quienes creen que Dios es Padre y que todos somos hermanos, ponen de manifiesto que “algo es posible” cuando la fe asoma en forma de fidelidad.

Eso del “cambio sistémico suena a utopía…” ¿Acaso no parecían utópicos los proyectos de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac? Los hechos dieron la mejor respuesta: lucha contra el poder opresor, caridad organizada, pobres rehabilitados, etc. Revestirse de las actitudes de Cristo era para ellos, en palabras del P. José Mª Ibáñez,”… continuar su aventura histórica; aventura muy concreta y realista puesto que se trataba de realizar la voluntad del Padre liberando, transformando salvando a los pobres, a los hombres”.

La HISTORIA es maestra de la vida, solemos decir, y las “historias” que nos contaron en Salamanca el P. Robert Maloney y su equipo, tienen su punto de magisterio creíble. Cabe adherirnos y arrimar el hombro. Será preciso seguir creyendo en la potencialidad que subyace en el corazón de la Familia Vicenciana.

La fe, Don y misterio, ha de ser verificada para que sea creíble. Cito de nuevo a nuestro recordado P. José Mª Ibáñez que en su libro “La fe verificada en el amor” nos va demostrando como la fe sin el condimento del amor puede morir. Pero amar no es gratuito… Jesús llevó su amor hasta el extremo clavado en la cruz; no cabía amor más grande que el dar la vida por los que amaba… Esto fue así y es así; esa es nuestra fe.

Para nuestras Hermanas y Hermanos mártires, no cabía más opción. Su fe que ya venía verificada en el amor a los pobres, había de poner el broche final en la muerte violenta, como Cristo, su maestro y modelo. Injertados en Cristo por el bautismo y confirmada su opción de vida por los votos, encontraron en la Compañía y Congregación de la Misión el lugar adecuado y seguro para servir amando y morir amando. Por eso la muerte no fue para ellos el final del camino…; fue el paso, por la puerta ancha, al Reino donde el amor lo es todo, donde el amor no pasará nunca, porque es la virtud mayor (1 Co. 13).

En estos momentos de increencia manifiesta, donde se minimiza el valor de la apuesta por el Reino como opción de vida, puede parecer anacrónico hablar de nuestros mártires. Es posible que, en nuestro fuero interno, dudemos de la eficacia de unas beatificaciones masivas… Es posible que creamos inútil la “movida” porque (así decimos a veces) “ya cumplieron su misión y están con Dios…”.Es posible que olvidemos que la vida del cristiano es un carrera de obstáculos y que en la meta hay una corona para los “atrevidos” que llegaron a ella.

Las ponencias sobre el martirio y los mártires, expuestas en Salamanca, nos han recordado que la historia de la Iglesia es historia de cruz. Dios podía escoger un “camino mejor” para sanar la humanidad herida por el pecado. Y ya sabemos cuál fue su preferencia: enviar a su Hijo para que, una vez sembrada la semilla del amor probara el sufrimiento, el abandono y la muerte violenta. Contra toda lógica, “triunfó en la cruz” y Dios lo ensalzó convirtiendo el dolor en “fiesta” A muchos cristianos y cristianas se les ha dado el privilegio de unirse a Cristo en ese final después de enseñar, curar, consagrar y repartir el Pan de Dios y hacer el bien a los hermanos allá donde fueron enviados.; por eso hay que celebrarlo. La Iglesia de Cristo, mártir, reconoce, valora y celebra a sus hijos fieles; sabe de dónde han venido y cómo visten de fiesta porque han blanqueado sus vestidos para la ocasión. Han llegado a la meta con el corazón a rebosar de alegría porque, a pesar de todo… supieron perdonar.

¡Cómo nos gusta saber de ellos! ¡Qué gozo poder narrar a los de hoy y a los de mañana, su fidelidad inquebrantable a la fe recibida en el bautismo! ¡Qué alegría poder cantar en Tarragona su triunfo sobre el mal! ¡Qué motivo de orgullo para la Familia Vicenciana el poder contar en su hogar con hijos e hijas que dejaron bien alto el listón del amor a Dios y a los pobres!

“¡Oh Salvador, dirá San Vicente, que buenos servidores del Evangelio y la caridad! ¡Dios sea bendito, Hermanos y Hermanas!

                                                                                                                                             S. Rosa Mendoza, Hija de la Caridad 

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