Campo Internacional de Voluntariado en Shkodër, Albania
«Os he llamado amigos» (Jn 15,15)
Del 23 al 30 de agosto se celebró en Shkodër el Campo Internacional de Voluntariado, una experiencia excepcional que reunió a 70 jóvenes de Albania, Kosovo, Polonia, Eslovenia, Grecia y España. Durante una semana vivieron juntos una experiencia marcada por el servicio, la oración, la amistad, el compartir y la fraternidad.

Procedentes de diferentes países y culturas, descubrieron que aquello que los une es mucho más importante que lo que los separa. El campo no fue solamente un encuentro entre jóvenes, sino también una oportunidad para superar sus propias barreras y acoger a los demás con el corazón abierto. Mediante el servicio en centros e instituciones que acogen a personas necesitadas, los jóvenes pudieron ofrecer su tiempo, sus energías y su amor.
A través de los encuentros, la oración y los momentos compartidos, comprendieron que servir no consiste simplemente en realizar una actividad, sino que es una manera de vivir el amor a los demás.
Uno de los aspectos más hermosos del campo fue la unidad en la diversidad. Lenguas, culturas e historias diferentes se encontraron en un mismo lugar. Sin embargo, las sonrisas, la oración, el trabajo compartido y el deseo de servir crearon un lenguaje común. Muchas lenguas, muchas culturas, muchos rostros… pero un solo corazón.
Cada día ofrecía nuevas experiencias: trabajo y servicio, oración, cantos, juegos, conversaciones, bailes y sencillos momentos de alegría. Precisamente en esos momentos cotidianos fueron naciendo amistades extraordinarias.

En el centro de toda esta experiencia estuvo Jesús, que nos enseña a mirar a los demás no como extraños, sino como amigos, hermanos y hermanas. Las palabras del Evangelio —«Vosotros sois mis amigos»— se convirtieron en una invitación a vivir la amistad no solo entre los participantes, sino también con cada persona que encontraron durante su servicio.
El campo terminó, pero la experiencia no acaba aquí. La amistad recibida se convierte en misión; el servicio, en una manera de vivir; y la fe, en encuentro. Todos regresaron a sus países con hermosos recuerdos, nuevos amigos y, sobre todo, con el deseo de continuar aquello que habían comenzado durante esa semana: estar cerca de los demás, servir con alegría y ser testigos de esperanza.
La semana llegó a su fin, pero lo sembrado en el corazón de los jóvenes continúa creciendo.
Gracias, Señor, por cada rostro que encontramos; por cada mano que pudimos sostener; por cada sonrisa recibida y por cada paso que dimos juntos.
Gracias a los jóvenes de Albania, Kosovo, Polonia, Eslovenia, Grecia y España, que hicieron de este campo una experiencia inolvidable.
Un campo, muchos corazones, una sola misión: servir con amor y construir la paz y la esperanza.












