Como familia, somos miembros de MISEVI desde 2018. Nuestro deseo de partir en misión nos llevó a formar parte de esta asociación y, gracias a ella, tuvimos la oportunidad de ir a Kazajistán en familia. Antes de partir, recibimos una formación que nos preparó bien para las situaciones que podríamos encontrar y para lo que nos esperaba, pero, sobre todo, nos preparó espiritualmente. En aquel momento nos acompañaban el padre Pavol Noga, de la Congregación de la Misión, y Sor Katarína Števicová, Hija de la Caridad. Seguimos profundamente agradecidos por su acompañamiento. Actualmente, MISEVI cuenta con el acompañamiento espiritual del padre Kristián Libant, C.M., quien continúa esta misión esencial de apoyo y acompañamiento espiritual a nuestra comunidad.

La misión en Kazajistán fue una experiencia transformadora para nuestra familia. Fuimos con el deseo de servir y nos entregamos en cuerpo y alma. Sin embargo, hoy me doy cuenta de que aquella experiencia quizá nos aportó mucho más de lo que nosotros ofrecimos a la población local. Podemos partir en misión con la intención de sembrar y de ver, con el tiempo, los frutos. Nosotros no vimos esos frutos. Con los años he comprendido que no es necesario verlos: podemos confiar plenamente a Dios los frutos de nuestros esfuerzos.
Al regresar a casa, retomamos nuestra vida cotidiana. Sin embargo, con el tiempo, fui tomando conciencia de otra realidad: para ser misionero no es necesario ir al extranjero. Ni siquiera hace falta ir a otro lugar. Desde hacía tiempo, Dios me hacía sentir en el corazón la realidad de las personas con las que nos cruzamos en la calle —las personas sin hogar, las que están solas y las que viven en la pobreza— y a las que tantas veces ignoramos sin siquiera reparar en ellas. Yo también las había ignorado durante mucho tiempo. Poco a poco, nació en mí el deseo de no limitarme a mirarlas, sino de hacer algo por ellas y con ellas.

Precisamente por eso comenzamos a encontrarnos con estas personas en Zvolen. Preparamos una comida sencilla, las invitamos a la capilla para rezar y después pasamos un rato juntos, conversando y compartiendo. A veces podemos aconsejarlas u orientarlas hacia servicios de ayuda específicos. Otras veces, lo único que necesitan es que alguien las escuche con atención; sentirse vistas y comprendidas, reconocidas como personas con un nombre, una historia de vida, penas y preocupaciones. A veces viene una sola persona; otras, cinco. Pueden parecer cifras modestas, pero sentimos que lo que hacemos tiene sentido.
En Banská Bystrica existe desde hace muchos años una comunidad similar, que es para nosotros una gran fuente de inspiración. Durante nuestra última visita, me conmovió profundamente comprobar que las personas sin hogar no acuden allí simplemente para «recibir ayuda». Van a encontrarse con personas que las conocen y las aceptan, como si regresaran a su propia comunidad. En este sentido, Sor Katarína es para mí un verdadero ejemplo. Veo que conoce a estas personas por su nombre. Conoce sus historias, comprende lo que han vivido y lo que las aflige. Se interesa sinceramente por ellas, las escucha, las aconseja y, siempre que puede, les ofrece una ayuda concreta y práctica. No son palabras vacías, sino hechos.

Quizá sea precisamente eso lo que hoy significa para mí el espíritu misionero: estar dispuestos a reparar en una persona a la que otros podrían ignorar. Detenernos, escucharla y ayudarla lo mejor que podamos. Podemos partir en misión a miles de kilómetros de casa y también encontrar nuestro lugar en la misma calle por la que pasamos cada día. Y si dedicáramos más tiempo, atención y ayuda concreta unos a otros, quizá habría entre nosotros menos personas necesitadas o abandonadas a su suerte.
Nuestra página web: https://www.misevi.sk/
Jana Kunštárová, miembro de MISEVI Eslovaquia



