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Oasis de Esperanza

15 de febrero de 2026

Treinta años de cuidado, valentía y compromiso en el ministerio del VIH/SIDA en el Hogar San Vicente, Muringoor, Kerala

Hace tres décadas, el VIH/SIDA era una enfermedad temida. El grito silencioso de quienes lo padecían no encontraba eco ni en amigos ni en familiares. Esta es la historia de los Padres Vicencianos (VC) y de las Hijas de la Caridad (HC), que se convirtieron en un oasis de esperanza y devolvieron sentido a la vida de quienes sufrían esta dura enfermedad.

El Hogar San Vicente para pacientes con SIDA fue fundado en 1996 por el Rvdo. P. George Panakal, VC. Es una hermosa obra de servicio que se lleva adelante en Muringoor, Kerala. Desde hace treinta años, las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl colaboran con los Padres Vicencianos en la atención y el acompañamiento de personas con VIH. Han atendido a más de tres mil pacientes; centenares de ellos pudieron partir en paz. En un periodo llegamos a tener 107 pacientes, junto con sus hijos. Algunos niños fueron acogidos desde el hospital inmediatamente después de nacer. Además, contamos con recursos para la educación de los niños.

Un auténtico testimonio de esperanza

Sor Jaya Mary, HC, quien sirvió allí durante siete años desde 1996, comparte:

«Ha sido uno de los servicios más hermosos que he realizado en mi vida. Cuando me pidieron atender a los pacientes, la enfermedad era temible y, en aquel momento, no existía tratamiento. En seis años murieron allí centenares de personas. Me encontraba cara a cara con la muerte cada día y, sin embargo, no sentía miedo».

Muchos habían contraído la enfermedad a causa de una vida desordenada. Cuando recibieron el diagnóstico, nadie quiso ayudarles. Algunos llegaban a la institución pensando en quitarse la vida. Sor Jaya añade:

«Una vez llegó a la casa un joven apuesto, de poco más de veinte años. Después de su segundo tratamiento, vino a hablar conmigo y me dijo: “Mire mi bolso; tengo dos sobres. En uno hay 2.000 rupias; mientras me dure el dinero, participaré en los tratamientos. El otro sobre contiene un paquete de veneno. No tengo nada más y nadie me quiere”».

Tras su tercer tratamiento, se acercó a Sor Jaya Mary entre lágrimas y le dijo:

«Hermana, quédese con esto; no quiero suicidarme. Quiero vivir con Cristo y para Cristo todos los días que me sea posible».

Por lo general, quienes viven con VIH/SIDA se debilitan progresivamente; sin embargo, él comenzó a mostrarse más sano y con más energía. Un día le sugerí repetir la prueba del VIH. No quería hacerlo y me mostró su informe positivo. Finalmente accedió: al día siguiente se realizó el examen y el resultado fue negativo. En cuestión de segundos, su vida cambió; no podía contener las lágrimas.

Muchas mujeres contrajeron la enfermedad a causa de la infidelidad de sus esposos. Vivían con resentimiento y enojo hacia ellos, pero gracias al esfuerzo constante de las Hermanas, todas murieron habiéndolos perdonado. Cuando lograban perdonar a quienes les habían transmitido la enfermedad, muchas pudieron recuperar la paz interior. Sor Sheeba, HC, afirma:

«Ha sido el servicio más hermoso que he realizado. Siento una profunda plenitud en mi vocación».

Mejor salud y mayor esperanza de vida

Hasta 2003, nos limitábamos a cuidarles y a prepararles para una muerte serena. Hasta entonces se habían registrado 832 fallecimientos en nuestro Hogar. A partir de 2003 se inició el tratamiento. Comenzamos controles periódicos y la Terapia Antirretroviral (TAR) para fortalecer su sistema inmunológico. Desde entonces, la tasa de mortalidad comenzó a descender.

Sor Rose Panathara, HC, con diez años de experiencia en esta misión, comparte:

«He podido ser madre para quienes no la tenían y hermana para muchos. En la mayoría de los casos, los residentes no mantenían contacto con sus familias. Gracias a los esfuerzos de las Hermanas, hoy muchos han restablecido la comunicación con sus seres queridos. Algunos incluso regresan a casa por unos días. Por eso, la carga emocional es ahora mucho menor».

Un día en el Hogar San Vicente

La jornada comienza con la oración de la mañana (Sapra), la celebración de la Sagrada Eucaristía, la adoración y la oración personal. Después realizan diversas actividades: cuidado de animales, elaboración de rosarios, preparación de habitaciones, escritura de direcciones postales, confección de sobres, jardinería, entre otras. También ven televisión y reciben clases de formación en la fe y en valores morales. Viven unidos y felices, como una sola familia.

Asimismo, organizamos momentos de recreación, como salidas al cine.

Los pacientes suelen decir que Dios envía ángeles disfrazados de seres humanos: ángeles de esperanza, y nosotros estamos con ellos. En el Hogar San Vicente hay mucha esperanza: permanecen a la orilla de la muerte sonriendo, sostenidos por la esperanza.

Sor Soniya K. Chacko, HC

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