Con motivo de la próxima Jornada Internacional de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas, decidí conversar con las mujeres atendidas en el Centro de Día para Mujeres Sin Hogar y en Riesgo de Exclusión, gestionado por la Fundación Miłosierdzie. Me sorprendió profundamente su respuesta entusiasta y la gran apertura con la que acogieron la propuesta.

Repetían con insistencia que es necesario hablar abiertamente de estos peligros, para que niñas y mujeres sepan reconocer las señales de alerta, identificar situaciones de riesgo y verificar cuidadosamente las condiciones de cualquier oferta de trabajo. En espacios públicos —estaciones de tren, plazas o parques— se han encontrado en numerosas ocasiones con reclutadores de redes criminales. Aclaraban que no se trata únicamente de hombres: también hay mujeres, e incluso parejas que fingen ser matrimonios y ofrecen supuestos empleos. La extrema precariedad económica, el hambre y la falta de vivienda empujan a muchas mujeres a aceptar propuestas laborales inciertas e incluso a verse abocadas a la prostitución. El miedo, la confusión y la tristeza parecen convertirse en un imán para los delincuentes. Advertían también de la necesidad de extremar la precaución incluso al aceptar comida o bebida de desconocidos, ya que han conocido casos en los que mujeres fueron drogadas de este modo. Otras veces, se ofrecen drogas “gratuitas” con el objetivo de crear dependencia y someter a la persona elegida.

Marianna relata:
«Todo comenzó con la danza. Yo era bailarina profesional y participaba en eventos corporativos y galas. Con el tiempo, mis empleadores empezaron a presionarme cada vez más, hasta obligarme a prostituirme. Cuando accedí una vez, ya no hubo marcha atrás. Intenté liberarme aceptando una oferta de trabajo en Alemania, pero era una trampa: allí quedé retenida. Un hombre polaco me ayudó a escapar. Regresé en un estado físico y psicológico devastador. Un familiar me salvó, organizando una terapia en otra ciudad y ayudándome después a encontrar trabajo y un lugar donde vivir».
Alicja cuenta:
«Una vez, haciendo autostop, caí en manos de un grupo de búlgaros que me secuestraron. En una parada logré zafarme; luché por mi dignidad y por mi vida. Conseguí escapar. Nunca volveré a hacer autostop».

Anna comparte:
«También fui secuestrada mientras hacía autostop. El hombre me apuntó con una pistola a la cabeza. Empecé a suplicarle que me dejara ir y le mostré un vídeo de mi hijo en el teléfono. Al oír el llanto del niño, abrió la puerta y me arrojó del coche en marcha. Sobreviví».
Eleonora recuerda:
«Trabajaba de forma irregular limpiando la villa de una familia. Un hombre me llevaba y me recogía después del trabajo, pero un día empezó a amenazarme y a hacerme propuestas inmorales… Recé como nunca. Durante todo el trayecto pedí ayuda a mi Ángel de la Guarda. En una parada conseguí huir y no regresé jamás. Mi Ángel de la Guarda me salvó».

Las mujeres coinciden en que, tras experiencias tan traumáticas, resulta muy difícil volver a confiar, construir una relación afectiva; el trauma reaparece una y otra vez. A menudo son necesarias terapias prolongadas y tratamiento psiquiátrico. Subrayan la importancia de encontrar un lugar seguro, rodearse de personas bienintencionadas y contar con espacios donde puedan estar únicamente entre mujeres. Valoran enormemente tanto la ayuda para acceder a un trabajo digno y seguro como la posibilidad de poner voz a su propia historia.

Y lo dicen con convicción:
si su testimonio ayuda aunque sea a una sola mujer, se sentirán felices.


